17 enero 2012

Efectos colaterales de la Relatividad






1

Me cae bien ese tipo. Fue uno de los primeros en comprender que la simpatía del autor colabora al éxito de sus obras, incluso en un campo tan obtuso como el de la Física Teórica.
Antes de él, al criminal le gustaba parecer peligroso en las fotos de la policía, el boxeador ponía gesto agresivo, el filósofo reflexionaba ante la cámara y el científico trataba de simular una conexión directa con la divinidad. Pero él no: él parecía la propia divinidad, justo después de una partida de dados, o un vendedor de coches de segunda mano, o el celador de un manicomio. Cualquiera de ellos o todos a la vez.
Quizás por eso consiguió que aceptasen su teoría de que el espacio y el tiempo son dos caras de la misma moneda, intercambiables, maleables, negociables entre sí a velocidades de vértigo. Ni siquiera el gremio de impresores, preocupados por la suerte de su industria de almanaques y calendarios, se opuso a sus tesis con la esperada vehemencia.
Cualquier cosa es verosímil si se presenta con una sonrisa. Desde hace siglos los bufones conocían este truco, pero ningún científico se atrevió antes a bajar de su estrado para utilizar las burlas como apoyo para su palanca.
Él lo consiguió, y desde entonces el pasado y el futuro se confunden según el punto de vista del observador. Y el descrédito, en vez de cebarse en su teoría, cayó sobre nuestra percepción de lo que llamábamos realidad.
Desde entonces los recuerdos son augurios y la anticipación, memoria. Y corren todos juntos, cuesta arriba, en el río de caos.

2


Es el viento y no el catastro el que en realidad mide los solares. Lo que estorba al viento es lo real, y este método funciona bien en la práctica aunque a primera vista pueda parecer un criterio de realidad dudoso.
Setenta y seis metros por cuarenta y dos. Una buena parcela, incluso descontando las sisas municipales para patios, aceras, farolas y faroles. Más de tres mil metros cuadrados para que el viento haga su ronda sobre los cardos, las piedras y las vacas, cuatro vacas escuálidas y tristonas, que pastan sin nuestro permiso en el terreno mientras el antiguo dueño les encuentra otro acomodo.
Cuando la tierra se convierte en solar se queda estéril. La sal con que se siembra se llama urbanismo y rivaliza con Atila. Los nuevos hunos, en cambio, amamos el césped, que es casi como la hierba, pero bien domesticada. Yo  soy uno de estos hunos de nuevo cuño, y me enorgullezco de mostrar urbanizaciones donde antes había pedregales y matojos.
En cuanto al viento, sigue indiferente recorriendo los solares, y nadie le da importancia salvo cuando va vestido de verde. Porque hay veces que el viento se viste de verde, sí.
Verde pistacho y cinturón blanco.

3


La vi por primera vez una tarde de invierno. Una de esas tardes que parecen haber nacido ya noches y aguantan unas horas disfrazadas de luz. Habíamos vallado el solar y hasta encargado el cartel con el nombre de la promotora y el arquitecto. Las vacas seguían allí y no supe nunca ni cómo ni por dónde habían entrado: ese es el primer efecto colateral de la Relatividad, el de la dimensión desconocida por el que entran las vacas en un solar cuando ningún labrador vive cerca porque el único que había se ha mudado a trescientos kilómetros. Un efecto misterioso, pero no hablaré más de él.
El viento soplaba a ratos, como si marchase al paso de la oca. Era un viento solemne y agresivo. Frío. Demasiado frío. Casi con casco en punta.
Al frente del viento iba ella: una mujer vestida de verde pistacho con un cinturón blanco. O la sombra de una mujer.  O una bandera agitada, colgando del propio cielo.
Como no podía ser real la miré con atención en busca de un rostro que no pude encontrar. Vino hacia mí y seguí sin verla. La mancha verde parecía sustentar una cabellera pero ningún rostro.
El escalofrío que sentí no merece descripción. Mi huida tampoco.
Regresé a los diez minutos, avergonzado y con un par de aguardientes en el cuerpo haciendo las veces de bofetadas recién administradas a un histérico, si no como remdio, al menos como escarmiento.
No la vi más aquel día.

4


Los coches son criaturas omnipresentes que se cuelan en las postales y hasta en las películas de romanos, así que no es extraño que exijan sus cobijos y guaridas en cualquier edificio, y alcen sus voces con fuerza de titanes.
Cuando excavamos el aparcamiento permanecí atento a lo que pudiesen encontrar. No había hablado con nadie del asunto, pero en cuanto hice un par de comentarios todo el mundo pareció darse por enterado de lo que había que buscar entre la tierra movida por las máquinas. El rumor había corrido por sí mismo después de que alguien más viese a la mujer, o a la mancha verde.
Muchos ojos, demasiados, escudriñaron cada cacetada de tierra que vertían las excavadoras. Revisamos, sin reconocerlo, miles de metros cúbicos de pedruscos, tierra y raíces.
No hubo tumba ni hubo nada. No hubo enterramiento clandestino, ni lápida funeraria, ni necrópolis olvidada. No hubo más que barro para cocer cien mil Adanes, pero ni una sola costilla de Eva.
Con eso pensé calmarme, pero volví a verla. Y otros la vieron también, seguramente, a juzgar por las razones que tuve que escuchar para justificar sus deserciones a empresas que pagaban peor que la mía.
Se acabó el aparcamiento y con él la posibilidad de cerrar la historia con una superchería conocida.  Las supersticiones reciben sólo este nombre cuando son viejas y repetidas; si son nuevas, se les llama tonterías.

5

El edificio avanzó a buen ritmo. Las vacas se replegaron a sus posiciones de retaguardia y al viento se le multiplicó el trabajo entre vigas, forjados y columnas. Los tabiques, poco a poco, fueron completando el laberinto.
No había puertas ni ventanas y el viento se divertía por los huecos de los ascensores, las escaleras interiores y los pasillos de las futuras viviendas. A veces yo lo seguía en busca de su cabecilla y a veces creí entrever en un patio o un salón la conocida bandera verde.
A fuerza de no encontrarla, me olvidé poco a poco de su presencia hasta que un día nos encontramos de frente y no pude seguir ignorándola. Era una mujer, o lo parecía, y casi me tendió la mano.
Quise hablarle y tuve la impresión de que ella lo intentó por su parte. Ninguno de los dos lo conseguimos y allí, entre sacos de cemento, vigas, viguetas y azulejos de segunda me convencí para siempre de que el silencio es una entidad real y palpable. Como una pedrada. Como aquel vestido verde con cinturón blanco venido de no sé dónde para decir no sé qué.
Luego se desvaneció.
Y yo, casi, también.

6


Se puede creer en lo imposible pero no en lo improbable. Es más fácil creen en fantasmas que en la lotería primitiva.
El encuentro de aquel día tuvo para mí el efecto de la espada de Alejandro cortando el nudo Gordiano: por fin podía tomar en serio el asunto sin burlarme de mí mismo. Y cuando algo se convierte en real es como si debutase en el teatro del mundo, cobrando de repente músculos, huesos y tendones. Los nervios ya los ponía yo.
A partir de aquella tarde la mujer de verde fue real. Pregunté a los obreros, a los vigilantes y a los capataces, y como yo era el dueño de la empresa y el primero en preguntar, salieron a relucir las cosas que nunca hubiesen dicho por propia iniciativa.
Muchos otros la habían visto. Muchos otros se la habían encontrado en diferentes lugares y habían tratado de hablar con ella, o de preguntarle si deseaba algo.
El fantasma de la obra se mencionaba sólo en privado, pero al fin era un tema del que se podía hablar abiertamente.
Aquello tampoco era cabal y un día los reuní a todos antes de la hora de salir y dejé claro que habría que negarlo si alguien de fuera preguntaba porque, en caso contrario, el rumor podría perjudicar la venta de los pisos.
Todos acataron mis instrucciones menos el arquitecto, que opinó que cualquier publicidad era un ayuda.
Tuvo razón: cuando vinieron a preguntar los periodistas y respondí con una sonrisa burlona que sólo eran rumores sin fundamento, la noticia corrió con más fuerza y agilidad que todas las páginas contratadas en la prensa y todas las cuñas pagadas en las emisoras locales de radio. Por pudor o por miedo al ridículo no se dieron datos concretos: algo extraño se movía algunas veces por el edificio Sarmentosa. Una luz. Un vapor. Algo.
Supongo que a algunos los echó atrás. Pero otros que nunca se hubieran acercado a nuestra promoción nos conocieron por ese rumor y fueron a ver nuestras viviendas.
Y los pisos se empezaron a vender.


7

El comisario Martínez no es un tipo al que se le pueda ir con tonterías. Ni siquiera siendo amigo. Cuando fui a verlo para pedirle que me ayudase con este tema casi me da con la puerta en las narices.
Sólo la vieja amistad consiguió que me escuchara los dos  minutos que tardé en explicarle que necesitaba su ayuda para la parte estrictamente material y verificable del asunto: quería saber si en los últimos años había desaparecido alguna mujer vestida de verde. Seguramente no era imposible conocer la descripción del atuendo de las mujeres desaparecidas en los últimos años en la ciudad, o la provincia, o la región entera.
No podía ser muy complicado.
Mi expresión, más que mis palabras, debió de parecerle convincente. En la ciudad no había desaparecido nadie que coincidiese con mi descripción en los últimos veinte años. Veinte años me parecieron poco y conseguí hacerle mirar en los archivos de los cincuenta anteriores: tampoco.
En cuanto conseguí picar su curiosidad, el resto vino rodado: no había ninguna descripción parecida a la mía en cien, ni en doscientos kilómetros a la redonda. Ni en veinte, ni en cincuenta, ni en sesenta años.
No había desaparecido ninguna mujer vestida de verde. No estaba enterrada en mi solar. Ni siquiera una víctima de muerte violenta se aproximaba a mi modelo.
No había caso para la policía ni caso para los ocultistas.
No había caso.

8

Supongo que el fin último de una investigación es despejar el misterio. Y así fue, porque en cuanto investigamos, el misterio se despejó. O teníamos un fantasma en el solar equivocado, porque también los fantasmas pueden extraviarse, o el simple hecho de considerarlo real y tomarnos la molestia de averiguar su pasado había sido suficiente para calmar sus demandas.
En los meses que transcurrieron hasta que se terminó completamente el edificio nadie volvió a ver el vestido verde. Se organizó el laberinto. Se cerró el paso al viento y la luz eléctrica inundó los futuros baños, las futuras cocinas y los futuros dormitorios.
La mujer desapareció al mismo tiempo que apareció la luz y eso fue bastante para que muchos se rieran de los que habían afirmado ver algo. Incluso los propios interesado se rieron de sí mismos.
Muerta la penumbra, muerto el misterio. Una aurora boreal puede tomarse por una lucha de dioses en el Walhalla. La canícula de agosto en Túnez, ya es más difícil de convertir en procesión de difuntos que un bosque gallego en medio de la niebla.
Sólo yo la vi una vez más, en un piso concreto, el cuarto derecha, cuando fui a comprobar si había alguna ventana rota porque unos posibles compradores se habían quejado de que había demasiado frío en aquella vivienda.
No había ninguna ventana mal instalada: el frío era ella.


9

Por prudencia dejé aquel piso para el final. No quería que alguien lo comprase y hubiese verdaderos problemas antes de que se hubiera vendido el resto.
Quedaban sólo cinco viviendas cuando un día se presento en la oficina una pareja con un niño. Ella iba vestida de verde pistacho y llevaba un cinturón blanco. Les enseñé todos los pisos y todos les parecieron demasiado bajos. Les dije entonces que me quedaba un cuarto y les gustó.
Firmaremos las escrituras en quince días, si el banco les concede la hipoteca.
No puedo culparme de nada, pero no me siento tranquilo.
Es una tontería. No va a pasar nada. Los fantasmas sólo vienen del pasado, ¿verdad?
Sólo del pasado.
La Relatividad sólo se cumple a la velocidad de la luz.
Nadie viaja a la velocidad de la luz vestido de verde pistacho.

10 enero 2012

Biografía con epitafio (un relato)




LLEGÓ

Vino al mundo un día cualquiera, como venimos todos, salvo príncipes y reyes, celebrados de antemano en las empresas y gobiernos que acaso acometerán. Nació en cualquier familia, con un padre funcionario y una madre bordadora de manteles que luego nunca se usaban.

VENCIÓ

El muchacho parecía despierto y en los colegios lo respetaron los cachetes de los maestros. No era el primero de la clase pero casi siempre se sabía la lección. La primera y más importante la aprendió de sobra: nada es gratis, y si es gratis, desconfía.

FUE VENCIDO

Sin embargo las exigencias para entrar en la academia de oficiales de Zaragoza fueron demasiado para él. Demasiadas pruebas físicas y demasiadas matemáticas a la vez. En lugar de las armas tomó las letras, opositó con éxito a profesor de instituto y se hizo sitio en un periódico local.

EN LO QUE QUISO VENCER

Tenía trabajo y no le faltaba de nadar. Tenía una novia guapa que esperaba ser su esposa  que a veces le permitía besarla en el portal. Lástima que al besarla cerrase los ojos para imaginar los labios de la que se casó con otro. En el periódico le hicieron popular los artículos en que no decía lo que de veras sentía.

ESCRIBIÓ

Sus éxitos como columnista le impulsaron a arriesgar una novela. la historia era buena y el estilo mostraba el vigor de su mucha experiencia. Sus personajes hablaban como la gente que uno ve por la calle, y los tejados de sus paisajes retenían la nieve del invierno.

Y EN EL TINTERO

La novela era un experimento y se vendió bien. Llegaron muchas caretas de lectores, y el editor, avispado, le recomendó algunos cambios, pequeñas minucias, que ayudasen a espolear el interés de los lectores. Eran sólo cuestión de formas, pero el fondo permanecería inalterable.

DEJÓ LO QUE QUISO HACER

El éxito le sonrió enseguida. La novela sobre el abandono del campo quedó pospuesta para otro momento, igual que la fabulación que preparaba sobre lo que ocurriría si los el mundo llegaba a la conclusión de que el arte era una actividad superflua e improductiva.

POR HACER LO QUE QUISIERON

En lugar de eso escribió treinta novelas sobre amores, unos traicionados y otros no, sobre las dificultades de los pobres para sobrellevar su miseria y la imposibilidad de los ricos de soportar su aburrimiento. Escribió sobre anécdotas de toda clase, escuchando atentamente la opinión de sus lectores.

Y SE FUE

Escribió hasta aquella tarde en que ya, cono setenta años, se encontró mal de repente y se fue a dar un paseo para que se le asentara el estómago. Pensó llevarse consigo la libreta para apuntar lo que se le fuese ocurriendo, pero siempre había escrito a pluma y el tintero no es cosa que un hombre prudente deba llevar en el bolsillo.

06 enero 2012

Lo que te enseñan los putos bichos (un relato)


I

Coreus marginatus (no es el del relato, conste...)

En un maltrecho rincón de un yermo sin censo, tres docenas de casuchas se apretujaban entre sí tratando de vencer el miedo a la inmensidad de la estepa. En uno de esos chamizos, malvivía un hombre extenuado por el hambre, el trabajo, y la falta de esperanza.
Su mal era el mal aquella tierra toda: demasiados años, demasiada soledad, demasiada desmemoria.
Sacudida por los elementos, la llanura había depuesto hasta el último de sus promontorios en la vana esperanza de que fuese aceptada su rendición, pero no existía el perdón en aquellas fieras regiones: innumerables hordas de vientos apátridas batían el cuarteado rostro de la estepa, dejando a su paso apenas piedras descarnadas y un horizonte sin lindes. En lo más crudo del invierno, la tierra se anegaba por efecto de la rasputitsa, ese extraño fenómeno de la inundación sin lluvia que se produce cuando se ha deshelado el curso del río, pero no su desembocadura, más al Norte; sólo en ese tiempo era posible creer que el río terminaba en alguna parte, que corría hacia algún mar, que no era un flujo circular de agua que vuelve una y otra vez, siempre la misma, con las mismas ramas secas flotando sobre sus ondas.
Así era la llanura: un tajo entre cielo y tierra. Sólo a veces algún árbol mellaba el filo del horizonte alzando sus sarmentosas ramas al cielo, como un extraño ídolo eternizado en la postura de clamar compasión, o venganza, mientras su tronco se enjoyaba con la perenne escarcha azulada del otoño.
En las casas, diminutas isbas de una sola dependencia,  los más afortunados convivían con sus animales. El implacable frío exterior obligaba a unirse a los moradores en un desmembrado abrazo de odio mientras vigilaban el estertor de la turba o lo que buenamente hubieran podido conseguir para alimentar el fuego, un fuego casi siempre tan hambriento como ellos, igual de tembloroso, no menos aluzado que  la convulsa piel que escondía sus huesos.
Pero el viejo vivía solo, en una soledad desmesurada, sin alivio siquiera en la memoria. Si alguna vez tuvo esposa, o hijos, o tan siquiera una cabra, ya no podía recordarlo; cuando al fin se atrevía a soplar el candil apestoso que animaba las sombras, el único calor que alentaba en la casa era el suyo.
Entonces, al sumergirse el anciano campesino en la inconsciencia del sueño, renacía la vivienda toda en un callado, incesante, furtivo crepitar de carcomas hambrientas, arañas voraces, cucarachas siniestramente obesas, flotantes mariposas y polillas espectrales. Como en una sepultura, el final de la vida marcaba el comienzo de innumerables existencias, infinitas historias fugaces que en nada modificarían el ebrio deambular del mundo: justo igual que las de los hombres.
Cada especie reclamaba su espacio y mediante una u otra destreza se imponía en su especialidad, pero de entre todos los merodeadores nocturnos, entre todos los animalillos que competían por aquel tristísimo hábitat, las chinches eran sin duda las reinas de la casa: poco después de la medianoche, en legiones incontables, abandonaban sus nidos en las grietas de las paredes y la reseca paja del techo para dirigirse a la cama del viejo, en busca de su flaca sangre. Y ante su impresionante desfile se posaban las polillas en los rescoldos del fuego, detenían su zapa las carcomas y hasta dejaban por un momento de tejer sus telas las arañas, orgullosas del imperio de los suyos.
Todo lo que hizo aquel hombre por exterminarlas resultó baldío. De nada sirvió que limpiara la casa hasta los cimientos, ni los sahumerios con distintas hierbas,  cada cual más pestilente, que sus vecinos le recomendaron.  Lo intentó con orines de burro, con vinagre caliente, con azufre molido, y en el colmo de la desesperación, hasta con agua bendita, pero ningún remedio parecía suficiente para acabar con aquella plaga infernal.
Cada vez que emprendía una de aquellas campañas contra las chinches conseguía que sus ataques disminuyeran algo durante un tiempo, pero aquellos malditos insectos se hacían enseguida resistentes a cada nuevo veneno y enseguida redoblaban sus asaltos, envalentonadas por el triunfo de su capacidad de adaptación sobre el orgulloso ingenio humano.
Tentado estaba el pobre viejo de pegar fuego a la casa  cuando se le ocurrió una idea que a su juicio podría ser de utilidad: introducir las patas de su cama en cuatro barreños de agua: así, cuando las chinches trataran de alcanzar el lecho, caerían irremisiblemente en ellos y morirían ahogadas, víctimas de su propia avidez.
La primera noche que puso en práctica el método, el hombre también fue atacado mientras dormía. El sistema no era perfecto, pues la inmensa abundancia de aquellas alimañas hacía que las últimas pasaran sobre los cadáveres flotantes de las primeras y llegaran a su objetivo, pero al menos así tenía por las mañanas la satisfacción de contar los cadáveres de las chinches ahogadas. El viejo pensó que aquel remedio sería temporal, como todos los anteriores, pero como se entretenía contando las chinches muertas, siguió poniendo cada noche los cuatro barreños, y a la larga el sistema dio resultado: las chinches, en lugar de volver con renovada fuerza y efectivos engrosados, acabaron por esfumarse.
El viejo no tardó en contar a sus vecinos el éxito de su idea. A la vista de los buenos resultados, el método de los cuatro barreños se impuso inmediatamente en todo el pueblo, y al cabo de diez años no quedaba una sola de las chinches. Habían desaparecido por completo.
La única lastima fue que el viejo campesino no viviera lo suficiente para contemplar la consumación de su triunfo, pero su nombre fue recordado con gratitud por todos. Siempre se creyó, acaso por la influencia del párroco, que aprovechó el asunto para ilustrar otras cuestiones morales, que la codicia era el peor de los venenos, y que lo que no pudieron hacer los humos, el vinagre y los orines, lo había hecho la propia codicia de las chinches.  Se decía que los venenos que vienen de fuera fortalecen, pero los que nacen del propio sera terminan por aniquilar al que los sufre, y que por eso es más fácil de curar un balzo que un tumor.
Sin embargo, con el paso de los años, tan edificante explicación dejó paso a otra que trajo el primer aldeano que había salido del pueblo para estudiar en la ciudad:
Cuando se usaban  los venenos, el humo, o cualquiera de las malolientes hierbas que tan populares fueran en otros tiempos, las primeras chinches en morir eran las más débiles, las enfermas o las menos adaptadas, y así aparecían y subsistían siempre nuevas familias más resistentes que las anteriores, pues sólo se reproducían las que habían logrado resistir el veneno.  Pero cuando se generalizó el uso del agua, la situación dio un vuelco  tan importante como inapreciable a simple vista: las primeras en llegar, y por tanto en morir, eran las chinches mejor adaptadas, las más rápidas, las que mejor habían desarrollado la habilidad de buscar cuerpos calientes en medio de la oscuridad. Morían, en suma, en primer lugar, las que en condiciones normales hubieran estado destinadas a triunfar y reproducirse; Las últimas en llegar podían pasar sobre los cadáveres de sus congéneres. De este modo, sobrevivían las chinches incapaces de encontrar alimento con la rapidez necesaria, las enfermas, las lisiadas y las que tenían sus nidos en los lugares menos convenientes. Esas eran, pues, las que a la postre se reproducían.
Luego, cualquier veneno, cualquier enfermedad o cualquier depredador hizo el resto.


II


En aquellos mismos años, sin dar tiempo al estudiante a concluir sus estudios, comenzó una gran guerra. Se trataba de la mayor guerra que hubieran conocido los siglos hasta ese momento, y las unidades de alistamiento recorrieron el país en busca de soldados con que nutrir los descomunales ejércitos que serían necesarios para hacer frente al enemigo.
Al principio, además de reclutar a todos los hombres jóvenes, sanos y fuertes, los oficiales de reclutamiento se los llevaban a todos, preocupados por el empuje del enemigo; pero con el tiempo las autoridades cayeron en la cuenta de que no era rentable el esfuerzo material necesario para instruir a los más débiles, viejos o afectados de ciertas dolencias, y los devolvieron a casa. Sólo los mejores servían para las armas.
El estudiante que explicó la solución contra las chinches habló de ello con sus compañeros y fue fusilado por sedición.
Murieron muchos hombres en aquella guerra.
Y luego hubo otra.
Y después otra…


30 diciembre 2011

Lo que algunos entienden por caridad (Un relato)


El escenario del asunto...

Cuando se ha vivido casi treinta años en la misma casa, poco hay más desolador que una mudanza, y no sólo por las paredes que quedan desnudas, como acusaciones de abandono de un espacio que reclamamos un día y reclama ahora a su vez nuestra protección, o por las pequeñas huellas de nuestra vida, y hasta los viejos olores, tan familiares, vencidos poco a poco, infatigablemente, por el eco y la humedad.
Lo peor de todo es desprenderse de todos esos pequeños objetos que hemos querido olvidar por falta de valor para arrojarlos a la basura: los billetes de avión de nuestros mejores viajes, un mechón de cabello de una antigua novia, nuestras primeras botas de fútbol o una desportillada amalgama de tebeos estropajosos que nosotros nunca volveremos a mirar y nuestros hijos esquivan con repugnancia. Decía Chesterton que tres mudanzas equivalen a un incendio, pero yo creo que las mudanzas son mucho peores, porque el incendio se lleva lo que quiere, mientras que cuando te vas de una casa eres tú el que debe acopiar firmeza para desprenderte voluntariamente de todas esas cosas.
En ese indeseable Juicio Final de los recuerdos que constituye toda mudanza, a veces florece también alguna satisfacción en forma de agenda con el teléfono de alguien con quien habíamos perdido contacto, o un fajo de fotos de los tiempos en que no regalaban álbumes con los revelados ni se guardaban cinco mil imágenes en un círculo de plástico.
En mi caso ni ese consuelo tuve, porque las viejas agendas estaban llenas de nombres emigrados, de amigos muertos en accidentes estúpidos o de malentendidos incomprensibles, arrumbados para siempre en el limbo de las extrañezas. Las fotos eran sólo una versión más viva y dolorosa de lo mismo. Sólo una de ellas me hizo sonreír, pero tan poca cosa bastó para redimir aquella tarde aciaga de patético emperador romano decidiendo con el pulgar sobre la vida o muerte de los objetos que habían lidiado en el circo de mi vida.
Se trataba de una foto en blanco y negro, de cuando yo tenía doce o trece años y jugaba en el equipo del fútbol del colegio.  Acababa de marcar un gol y me abrazaba Felipe, el capitán del equipo. Eso es lo que tienen las fotos cuando se separan de las personas a las que representan: que se prestan a mentir mejor que mil palabras. Por eso siempre me digo que esas instantáneas antiguas en las que aparecen familias enteras endomingadas mirando a la cámara con los ojos muy abiertos pueden haberse sacado diez minutos antes de una separación definitiva, o puede ser que uno de los niños que aparecen en ella sea en realidad el hijo del fotógrafo que sustituye para el libro de familia a un niño enfermo, o incluso a uno inexistente.
Las fotos no cuentan historias: somos nosotros los que las contamos, y cuando ya no estamos para hacerlo es mejor que las fotografías ardan o desaparezcan, no sea que surja el desaprensivo que invente sobre nosotros lo que nunca imaginamos. O peor aún, lo que no imaginaron los demás y nunca quisimos que se supiera.
En esta que encontré, como decía, aparecía vestido de futbolista y abrazado con Felipe. Si alguien la hubiese encontrado después de morir yo, de viejo o en el naufragio de un submarino, por ejemplo, hubiese pensado que había marcado un gol y que Felipe y yo éramos amigos.
Pues no. Y como no me he muerto, lo cuento.
Felipe era un perfecto hijo de puta que se burlaba de todos con bromas crueles y aprovechaba su corpulencia para repartir patadas y manotazos a cualquiera que discutiese su autoridad. Normalmente me consideraba una de sus víctimas favoritas, pero en aquel momento estaba contento porque yo acababa de meter un gol y me abrazaba.
Más adelante, pocos meses después, tuve un encuentro serio con él por una broma que se pasó de la raya y de aquello resultó la nariz torcida que he lucido toda mi vida. Con Felipe no quedaba más remedio que aguantar las humillaciones o aguantar los golpes: la elección era sencilla. Recuerdo que cuando acabé el instituto para ir a la universidad, lo primero que pensé fue que no tendría que volver a verle, y me alegré más por eso que por la reválida recién aprobada.
Por suerte, así fue. Yo me marché a estudiar fuera y él empezó a trabajar mientras preparaba unas oposiciones que no exigían más titulación que el bachillerato. Ceo que quería ser policía, guardia civil o algo así, y todos los que lo conocíamos nos aterrorizábamos pensando lo que podía ser encontrárselo un día vestido de uniforme y con un arma al cinto. Un compañero común me dijo tiempo después que se había enfadado mucho porque le habían suspendido en la prueba psicotécnica y a mí me hizo gracia el asunto: era normal que a un energúmeno como aquel le encontrasen alguna pieza desquiciada si lo miraban un poco de cerca.
En diez o doce años no volví a saber nada más de él. La memoria tiene la virtud de borrar las heridas, los dolores y los miserables.
Luego supe que se metió en líos, no sé bien si de drogas, proxenetismo o de otro tipo, pero el caso es que hirió de gravedad a un hombre y pasó una temporada en la cárcel. No fue mucho tiempo, seis o siete meses, creo, pero cuando salió de prisión ya no era el mismo. Allí seguramente había aprendido que no era único, y que su viejo procedimiento para hacer vida social podía costar muy caro según con quien se tratara. Lo aprendió tarde, pero estoy seguro de que lo aprendió.
Después de salir de prisión tuvo dos o tres trabajos, todos en la construcción, pero como bebía más de la cuenta no tardaban en despedirlo. De ahí a quedarse en la calle mediaron solo unos cuantos años, los justos para que sus malos negocios y un par de traiciones de antiguos compinches le demostraran que estaba ya demasiado viejo para aquella clase de trapicheos.
Hace tres o cuatro años lo vi aquí en Madrid, en el metro de Tirso de Molina, tratando de protegerse de la lluvia y encendiendo una colilla. Lo llamé por su nombre y le estreché la mano, pero creo que no me reconoció.
Ahora, cada vez que paso por su lado le doy diez euros. ¿Por compasión?, ¿porque me apiado de él? Debería decir que sí, pero el caso es que se los doy para que no se le pase por la cabeza salir de su abandono y tratar de empezar una nueva vida en otro lado. Se los doy para clavarlo a su esquina, para que esté allí hasta que reviente.
A veces creo que los demás que le dan una monedas también lo conocen y piensan lo mismo que yo.
En cuanto a la foto, pensé romperla, pero al final preferí tirarla por la ventana para que la calle acabase con ella a su manera.
Simbolismos o vudús de cada cual.

28 diciembre 2011

Gato encerrado (un relato)


Un tigre de otra clase...

A todo el mundo le molesta que le hagan perder el tiempo en salas de espera que parecen diseñadas por carceleros ociosos, o que lo manden de un despacho a otro, como una pelota de golf mal jugada, pero a los ochenta y seis años de Albert la cosa alcanza ya proporciones de injuria o de intento de asesinato.
Lleva cinco días de negociado en negociado, resoplando por los pasillos y apoyando su fatiga en el bastón durante las largas colas de espera. Le gustaría olvidarse de todo y volver a casa, pero ese es justamente el problema: que si no se espabila, le van a derribar la casa.
En el nuevo plan urbanístico de la ciudad, su manzana debe convertirse en un jardín. Cuando cuenta el caso dice “su manzana” porque le gusta pensar que hay otros que le apoyan, pero sólo queda su casa, un edificio grande y destartalado, antiguo molino, almacén, tienda de comestibles y hasta parada de postas, allá en los tiempos de los carruajes. Los demás edificios los han ido vendiendo con los años, a la muerte de sus propietarios y no quedan ya ni los escombros, retirados con avaricia, como si en el ayuntamiento temiesen que alguien fuese a robarlos.
No hay manzana de casas, pero no es bueno que el hombre se sienta solo. Pero el caso es que Albert lo está y hoy es su última oportunidad. Por fin, después de mucho bregar, ha conseguido una cita con el alcalde.
El despacho está en el tercer piso y el ascensor sube con perfecta suavidad. Albert se mira al espejo y aprieta los labios, buscando el necesario término medio de amabilidad y firmeza que quiere imprimir a su petición. Cuando llega arriba, lo recibe un secretario calvo y amable como una sandía, que le indica que lo siga. El secretario más que llamar a la puerta parece quitarle una mota de polvo, entra, y después de unos breves segundos franquea el paso a Albert con un gesto de guía de museo.
El alcalde lo recibe con tono afable, saliendo de detrás de su mesa para estrecharle la mano e invitarlo a sentarse. Dice conocer el problema y asegura estar dispuesto a buscar una solución lo menos traumática posible.
Albert expone detenidamente su caso. No se niega a que el ayuntamiento construya un jardín, ni mucho menos. ¡Ojalá hubiese más jardines! Tampoco le parece mal precio el que le pagan. Está muy bien y agradece la generosidad del consistorio. Lo único que quiere es que le dejen vivir en paz, en su casa, los pocos años que le queden. Porque tiene ochenta y seis y tampoco serán muchos.
El alcalde menciona el estado ruinoso del inmueble. Podían haberlo derribado hace años, y por consideración no lo han hecho. Pero todo tiene sus plazos.
Albert piensa en el plazo de las elecciones, pero calla. Cruza las manos sobre las rodillas y pregunta qué remedio hay.
El remedio está claro: quince días para irse. A una casa con el alquiler pagado por el ayuntamiento, o a una pensión, o a un hotel. El ayuntamiento quiere que Albert esté contento y no va a reparar en gastos. Pero el plazo es inamovible: quince días.
Albert insiste en que no quiere dinero, sino tiempo. Quiere quedarse en su casa, porque a cualquier otra posibilidad a sus años es como una condena a muerte, o a destierro. Allí están todos sus recuerdos. Cada grieta y cada gotera significa algo para él.
El alcalde se exaspera y repite que eso no puede ser. Puede ofrecerle vivienda en el barrio que desee, o incluso en otra ciudad si lo prefiere, pero el plazo no puede moverlo. Entiende que invoque sus fantasmas y sus recuerdos, pero el ayuntamiento no cree en fantasmas, y la vida real debe continuar.
Albert  menciona ya  las elecciones, la especulación urbanística y el hotel que ya han empezado a construir enfrente. Harto de que le respondan sólo con una sonrisa condescendiente, sube el tono, y menciona también al padre y al suegro del alcalde, conocidos suyos de toda la vida, para describir en tres o cuatro palabras qué clase astilla puede esperarse de semejantes palos.
El alcalde se irrita, descuelga el teléfono y ordena a un guardia que acompañe al señor a la salida.
Mientras el guardia lo lleva agarrado por un brazo hasta el ascensor, Albert se lamenta para sus adentros. No hay nada que hacer. Van a derribar la casa de toda su vida. El único sitio en el que es capaz de encontrar algo. En esa casa vivió con María y en esa casa lo tiene todo. ¿Qué va a pasar con sus cosas? La casa se la pagan, ¿y qué le pagarán por la invalidez que le causan al cambiarlo a su edad de casa? Es como cortarle una pierna.
Al final lo han puesto en la calle. Del brazo de un guardia y en la calle. El ánimo y el semblante de Albert se ensombrecen lentamente. Cuando llega a su casa ya está enfadado de veras.
Piensa en beber una buena pinta para calmarse, pero no quiere calmarse. Cuando te obligas a calmarte a cierta edad, mala cosa. ¿Qué tiene él que perder? Nada. El que no tiene nada que perder es el más fuerte.
Albert se sonríe. Ha tomado una decisión. Va al armario y se cambia de ropa sin perder la sonrisa. Se mira en el espejo y ya se ríe a carcajadas.
Va al garaje, levanta la tapa de alcantarilla que hay a un lado y desciende por la escalera de hierro. No tiene edad para esas escaleras, pero da igual: son diez peldaños. Avanza cinco metros agachado y vuelve a subir por otra escalerilla.
Tan listos que son los del ayuntamiento y nunca adivinaron que el garaje tiene doble fondo.
Y en el doble fondo, aparcado, hay un Tiger, el temido Panzer VI de finales de la guerra. Cincuenta y siete toneladas de mala leche. Albert lo escondió allí en el cuarenta y cinco para no entregárselo a los rusos.
Hace diez años que no lo engrasa ni arranca el motor, pero esos cacharros lo aguantaban todo.
Con grandes esfuerzos, Albert consigue echar el contenido de un par de latas de combustible al depósito. Con eso bastará. Luego, agarrándose con todas sus fuerzas, consigue trepar hasta la torreta, abre la trampilla y desciende hasta el puesto del conductor.
Albert reza para que el motor arranque. Acciona el contacto y responde un tremendo rugido. Poco después, sale con el Tiger a través de la pared del garaje y se dirige al ayuntamiento ante la mirada atónita de los mismos automovilistas que le pitan enfadados cuando va en bicicleta.
Ahora ocupa toda la calzada y no le pitan. Qué curioso.
En cinco minutos estará en el ayuntamiento. Lástima que Gunther, el artillero, haya muerto hace años. Pero da igual: va a atravesar los muros del ayuntamiento como si fueran de cartón. Se van a enterar.
Y si quiere que llame al guardia el alcalde. Majadero.
Que llame a la OTAN, porque con menos no lo paran.
Se va a enterar ese idiota de lo que es un fantasma y de lo que es un recuerdo. Uno de acero.

15 septiembre 2011

La esquizofrenia del campo




Ahora en verano somos algo más de gente en los pueblos, seguramente porque la crisis ha hecho que muchos diesen por buena la casa de su abuela a falta de dinero para irse a Praga, a la costa, o a cualquier playa lejana o cercana.
Y precisamente por ser más se da uno cuenta de que algo sucede en la mente colectiva con el tema rural, algo torcido y enfermizo: por una parte queremos que se conserve el medio natural, que se cuiden los bosques, que se mantengan las lenguas y las tradiciones de nuestro acervo cultural y que se cultiven alimentos de calidad. Queremos, en suma, que nuestro territorio se mantenga en pie, que los tomates sepan a tomate y que la carne no sepa a plastilina.
Por otro lado, sin embargo, todo empuja al exterminio de los pueblos y sus medios de vida. Se eliminan los consultorios médicos, se eliminan las escuelas, se elimina el transporte público y se abandona a los pobladores del campo, muchos millones aún, a una especie de ciudadanía de segunda, donde pagamos impuestos y tenemos todas las obligaciones y responsabilidades, pero muy pocos derechos efectivos.
¿Dónde está la igualdad para nosotros?, ¿dónde está la igualdad de oportunidades siquiera? Si ocho millones de españoles tenemos que vivir con servicios restringidos, ¿de qué os extrañáis luego cuando os los van cercenando lentamente también a vosotros?
Un día hablaremos de lo que es la reducción latente del PIB y del empobrecimiento real que padecemos al abandonar capacidad productiva y natural en el campo, pero este no es el momento. Hoy hablamos de personas, gente a la que no se tiene en cuenta porque está lejos del rebaño y el que está lejos es más difícil de dominar, de controlar y hasta de influir.
Y a lo mejor es por eso por lo que constantemente se añaden piedras al muro que sepulta al medio rural: porque es el último reducto de verdadera libertad, donde la gente puede intentar aún aquello de la emboscadura de Jünger: “no colaborar en la creación de sistemas y mecanismos que destruyan nuestra propia libertad”.
El campo, de veras, ni se cuida ni se limpia solo. Creer en la naturaleza es creer también en las posibilidades de vivir de quienes se ocupan de mantener en marcha el ecosistema. Pensar lo contrario y creer que lo silvestre funciona solo es no haberse dado una vuelta por zonas absolutamente despobladas, y las empieza a haber de sobra: funcionarían si nunca hubiésemos llegado allí o si ya no pudiese llegar nadie. Pero el caso es que los de fuera pueden ir a talar árboles para madera sin que nadie los vea, pueden prender fuego y cazar lo que quieran. Porque nadie los ve. Porque a ese campo nadie lo defiende.
La naturaleza, hoy, no tiene más defensor real que el que vive en ella. Lo demás son circos de tres pistas.

13 septiembre 2011

El planeta flexible


Lo confieso: nunca conseguí que mi abuela fuese heliocéntrica. Era imposible convencerla de que la Tierra giraba alrededor del sol, en vez de ser al contrario, como parece obvio. Al final, un día, cuando se cansó de oír mis explicaciones, me acabó diciendo que sería como yo decía pero, para lo que de veras importaba, era el sol el que daba vueltas por el cielo.
Luego fui yo el que se instruyó un poco más y descubrí que quizás Einstein y su relatividad le hubiesen dado la razón a mi abuela, pues desde su punto de vista, y para la clase de Universo que ella manejaba, el geocentrismo resultaba mucho más eficiente.
Pues bueno: después de aquellas discusiones de hace tantos años me entero el otro día en un programa nocturno de Radio Nacional de que la circunferencia de la Tierra es variable, ¡nada menos!, y que su radio real, el que de veras nos importa en la vida diaria, depende del precio del petróleo.
Resulta que unos economistas checos han calculado que por cada dólar que sube el precio del petróleo, el radio de la Tierra aumenta cien kilómetros a nivel económico, y que las distancias reales, las que deben tener en cuenta los departamentos de logística de las empresas en sus gráficos de deslocalización, exportación e importación se miden en esta clase de kilómetros dolarizados, y no en los de toda la vida, de los que tienen mil metros.
Cuando sube el precio del petróleo, el tamaño efectivo del planeta aumenta, y resulta menos rentable destruir puestos de trabajo aquí para llevárselos a Corea o a Turquía, sobre todo si se piensa traer aquí de nuevo lo que se produzca para vendélo a cien veces su coste. Cuando el petróleo baja, la Tierra encoge y todo queda más cerca, por lo que es más rentable invertir en turismo, o dedicar esfuerzos al comercio.
Por eso, cuando veamos subir el precio del barril, porque lo veremos y muy pronto, quizás no tengamos que ser tan pesimistas, porque lo mismo que nos costará más a nosotros llenar el depósito de la furgoneta, también le costará más, mucho más, al que trae las alubias de Argentina, los garbanzos de México, los juguetes de China y las maquinillas de afeitar de Filipinas.
Cuando la Tierra se agranda sale más rentable producir aquí y además, se contamina menos. Cuando la Tierra se agranda, la distancia pesa más en la mezcla de variables que determinan una decisión. Así que quizás, mira tú por dónde, un salvaje encarecimiento de la energía sea, contra todo pronóstico, una forma de salvación, sobre todo para los que vivimos en zonas a las que la globalización ha hundido en la ruina, la irrelevancia y la perpetua falta de competitividad con gente, dicho sea de paso, a la que no se exige que cumpla las mismas normas que nosotros cumplimos.
Kafkiano, ¿eh? Cosas de checos…

10 mayo 2011

Los niños las pasan putas

Me parece muy bien que se lancen campañas en los medios contra ciertos delitos particularmente asquerosos como la violencia de género o la pederastia, porque son delitos alevosos en los que el culpable trata de explotar la indefensión de la víctima. De lo malos tratos hablo otro día, si toca, pero hoy quiero darles mi punto de vista de las terribles consecuencias que está teniendo la repercusión mediática de los pocos, raros, minoritarios casos de pederastia.

Con el tema de los niños, está sucediendo algo muy grave: como la condena social es anterior y muy superior a la condena penal, el acusado está completamente indefenso. No existe presunción de inocencia alguna y basta con que alguien, quien sea, presente una denuncia para que al denunciado le caiga encima el peso del estigma social. Es una condena sin juicio. Un procedimiento totalitario o inquisitorial en el que el denunciante permanece anónimo y el denunciado no tiene posibilidad de defensa. En esto influye también mucho la cobardía de los jueces, que no se atreven a ser tan rigurosos con las pruebas como en otros casos, pero los jueces son intocables y es mejor no hablar de ellos, ¿verdad?

Además, curiosamente, los denunciados son casi siempre personas con mucho dinero o pertenecientes a colectivos que pueden pagar abultadas indemnizaciones. Eso, por sí solo, bastaría para desconfiar, pero es que creo que hay algo peor:

Desde que está en marcha esta especie de campaña, nadie se arriesga a tratar con niños. Conozco centro de acogida infantiles, conozco campamentos de verano, y hasta simples abueletes que ya no se tratan con ellos como antes.

La realidad más puñetera nos enseña que hay muchos niños, muchísimos, que no cuentan con el afecto y la atención necesarias. En ocasiones se trata de niños con problemas económicos o de integración, otras veces son niños sin familia y otras, las más, niños con padres que trabajan demasiadas horas. Antes estos niños se quedaban con los vecinos, o estaban al cargo de los viejos.

Ahora, a nivel particular, nadie quiere arriesgarse a ser afectuoso con un niño por miedo a meterse en problemas. Y nivel institucional, menos aún. Hablen con asistentes sociales, o con parroquias, o con encargados de campamentos y se lo confirmarán: por la presión que se ejerce, y por el modo en que esta se ejerce, creo que de manera interesada, los niños están afectivamente abandonados, y lo sufren sobre todo los que no tienen un entorno familiar. Lo sufren los más débiles. Otra vez la alevosía.

Un párroco de cada mil puede ser pederasta, pero los otros 999 no se atreven ya a tratar con afecto a los menores. Un monitor de campamento de cada mil, puede ser pederasta, pero los otros 999 prefieren mostrarse fríos y distantes con los chavales. Un abuelo de cada mil, puede tener malas sintenciones con los niños, pero los otros 999 tienen miedo de que los señalen si juegan con los hijos del vecino.

Y el caso es que creo que se trata todo de una campaña política, bien orquestada, para perjudicar a ciertos colectivos y personas, sobre todo a la Iglesia. Pero la pagan los niños, que las pasan negras, más abandonados, más trtistes, más solos que nunca.

Así es la mierda de la ingeniería social, señores.

08 mayo 2011

Normas para jorobar mejor al ciudadano

Lo malo del mundo moderno es que las cosas no sólo son distintas de lo que parecen, sino que además se niegan rotundamente a que haya coincidencia alguna entre aspecto y realidad. Pero en vez de contárselo con filosofías, se lo cuento con un ejemplo, y cercano.

Hay un pueblo por aquí, que no mencionaré para no meterme en líos ni tener que demostrar lo indemostrable, en el que se ha prohibido aparcar en toda la calle principal, lo que viene a suponer más de la mitad de la localidad. Hasta ahí, podemos estar de acuerdo o no, pero la cuestión verdaderamente interesante es que la prohibición se utiliza como castigo político, pues se permite aparcar a los afines, haciendo la vista gorda, y con la ley en la mano se multa a los díscolos.

A veces tengo al impresión de que muchas regulaciones, demasiadas, están pensadas con esta misma estrategia: hacerlas cumplir a los que no son afines, de modo que se encarezca ell desarrollo de su actividad, y permitir que se las salten los amigos, o aquellos que paguen, bajo mano, el soborno correspondiente.

Lo que en principio parece preocupación por regular la vida en común, oculta, en el fondo, el deseo de controlar la vida de los demás, sacar tajada, y generar una barrera de entrada a la competencia. Las grandes multinacionales, por ejemplo, quieren que se regulen todo tipo de aspectos a la hora de abrir y explotar un hotel por ejemplo, pero no es por defender los intereses del viajero, ni los del sector siquiera, sino por que saben que ellos disponen de la influencia suficiente para conseguir saltárselas a la torera mientras los demás tendrán grandes dificultades y grandes costos para cumplir esa reglamentación, a veces surrealista.

¿Otro ejemplo? Algunas zonas verdes. Los planes urbanísticos se cansan de añadir zonas verdes a las nuevas urbanizaciones, y aunque eso está muy bien y lo aplaudo con toda mi alma, luego vemos que nadie las ajardina, ni las cuida, ni las convierte en otra cosa que no sean escombreras, secarrales y pedregales espantosos. ¿Y por qué? Porque se trataba de encarecer cada metro cuadrado del que podía vender solares en aquella zona reduciendo la superficie total dificable, en vez de crear verdaderas zonas para disfrute de la gente.

La táctica es antigua: hacedlos a todos culpables y encarcelad sólo a los que os convenga, dijo el romano Sila. La proliferación de reglamentos, normas, planes y supuestas garantías va por ese lado, creo yo, más que por la verdadera defensa de los ciudadanos.

¿Conocen ustedes gente que es siempre partidaria de que todo esté regulado y todo bien atado? Pues ya tienen una idea más de por qué se aplauden a veces estas medidas. Por amarrar, no por defender.

07 mayo 2011

La muerte del rey Midas

En España, hacerse empresario es a veces como hacerse pederasta: todo el mundo te mira mal, como si pretender ganar dinero fuera un pecado, o una mancha. Así las cosas, no es de extrañar que el que tenga algo lo guarde debajo del colchón y recomiende la emigración al que no tiene nada y busca un trabajo.

La culpa de esta lacra social no es del Gobierno, sino nuestra, por mala cabeza y sobre todo por mala sangre, que llamamos especulador a cualquiera que en vez de un sueldo quiere tener un negocio.

Como soy de la idea de que sin propuesta no hay protesta, voy a intentar diferenciar lo que es un especulador de un inversor, y perdonen que me ponga en este plan.

Especular es comprar un bien con la idea de obtener un beneficio por el simple aumento de precio de ese bien derivado de su escasez, del aumento de la demanda o de otras condiciones del mercado. El especulador no tiene intención de producir nada con ese bien, sino simplemente de conservarlo durante un tiempo para volver a venderlo a un precio superior al que pagó para adquirirlo.

Inversor es el que compra un bien o sufraga su montaje, con la intención de obtener un beneficio de su explotación, o aporta un dinero a una sociedad para que esta lo explote y le pague un rendimiento.

La diferencia es clara: si el capital se integra en la producción, es inversión. Si lo único que hace el bien adquirido es dejar pasar el tiempo, es especulación.

Por tanto, el que compra una casa para vivir en ella, vive en ella, o la alquila, y la vende después de unos años no es un especulador. Es un inversor. Si tiene la casa vacía y espera unos años para venderla a un precio superior al que la compró, es un especulador.

Lo mismo sucede en la Bolsa. El que compra acciones para recibir un dividendo o un rendimiento de la empresa de la que se hace accionista, es inversor, y ayuda a la empresa a financiar sus proyectos. El que compra hoy para vender la semana que viene pensando que la acción subirá pro una u otra razón, es un especulador.

Y aún diré más: que todo el que mueve el dinero, para invertir o para especular, es una ayuda para los demás. El enemigo de los pobres es el que lo guarda, el que prefiere la limosna a la empresa, el que prefiere dar un bocadillo o veinte euros a dar un trabajo. El enemigo es el que quiere ver al otro agradecido, con la gorra en la mano, y no orgulloso, con una pala, un pico, o una tijeras de podar en la mano.

Especular o invertir es lo de menos. Lo que importa es no llevar el dinero al cementerio. Pero eso, en esta tierra no queremos entenderlo. Por eso tenemos los pueblos muertos, lac ciudades muertas, y las cuentas de los bancos tan bien saneadas.

Por eso moriremos de lo que murió el rey Midas.

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