Aquella vieja premisa teórica de la economía, el coeteris paribus, que viene a ser el estudio de lo que pasa con una variable cuando las demás permanecen constantes, resulta que no existe en el mundo real o se extinguió a la vez que los dinosaurios.
Con esto de la base de cotización para la pensiones pasa un poco como con las hipotecas, en las que el plazo afecta a la cantidad y la cantidad afecta al plazo.
Como ya sabréis, hace muy poco se filtró la noticia de que el gobierno manejaba la posibilidad de aumentar la base de cotización a 25 años para el cálculo de las pensiones, frente a los 156 años actuales, y sabréis también que acto seguido se armó la Marimorena.
Por mi parte, y con el casco puesto por lo que podáis decirme, me parece que esa sería una medida muy positiva para el conjunto de los trabajadores, sobre todo para los más jóvenes, y que precisamente por eso, se pusieron tan radicalmente en contra los sindicatos.
Para este tema hay tantas opiniones como intereses, así que yo os voy a contar la mía a la espera de escuchar las vuestras:
Actualmente, el monto de la pensión de jubilación se calcula sobre lo cotizado en los últimos 15 años de vida laboral. Teóricamente, y según los sindicatos, estos es una conquista social, pues en los últimos años de trabajo es cuando el trabajador percibe un salario mayor por complementos como antigüedad, o porque ha ascendido en la empresa y tiene un puesto superior a los años anteriores con un salario mejor.
En principio, suena bien, peor a mí me parece un razonamiento falso, anclado en el pasado, y que defiende únicamente los intereses de un grupo.
En unos momentos en los que el mayor temor de un trabajador es que lo despidan a los 55 años, o a los 60, porque sabe que no encontrará otro empleo, utilizar para el cómputo de la pensión únicamente los últimos 15 años de vida laboral desestimando el resto, es casi un crimen. Eso está bien para los funcionarios, o para los trabajadores fijos de las grandes empresas, pero no para el curreante en general.
Por otro lado, es profundamente injusto que si cotizas durante toda tiu vida laboral, sólo se tengan en cuenta los últimos 15 años.
Lo que conseguiría la propuesta del Gobierno de aumentar ese plazo a los últimos 25 años es adecuar la pensión final a la cotización real. A mí me parece que se deberían tener en cuenta TODOS los años cotizados, pero creo que pedir que los sindicatos acepten tal cosa es un exceso.
Porque ya sabéis: trabajador es aquel que da derecho a la parte proporcional de un sindicalista liberado. Los demás no importan.
23 julio 2010
La paranoia conspiratoria como póliza de seguro
Siempre hubo gente que veía extraños manejos donde la realidad ofrecía evidencias que no le apetecía tragar a palo seco, y las explicaciones que ideaban para ciertos hechos rayaban y rayan en el absurdo con tal de no aceptar la evidencia de que a menudo las cosas son más simples de lo que parecen.
Por el lado contrario hay que decir que siempre hubo y habrá conspiraciones: auténticos intentos de engañar a la buena fe de la gente con pruebas falsas, historias inventadas y apariencias falaces.
En la naturaleza podemos ver ejemplos de los dos tipos: desde el bicho que desconfía de todo, hasta la mosca que desarrolla rayas amarillas y negras para hacerse pasar por avispa. En la Historia, la otra fuente habitual, ha habido también casos para todos los gustos: países que hunden sus propios barcos para lanzar una guerra (EEUU en la guerra de Cuba, por ejemplo) y países que atacan sus propias posiciones para echar la culpa a otro (Alemania con Polonia). Sin embargo, recordamos estos ejemplos precisamente por extraordinarios, no por comunes. Es importante no olvidar eso.
Sin embargo, a pesar de todo lo dicho, o precisamente por ello, creo que la gente que busca una segunda explicación a las versiones oficiales hace más por defender las libertades de todos y el sistema democrático que los que se empeñan en tacharlos de paranoicos. Creerse lo que te dicen, sin desconfiar, lleva directamente al absoluto dominio de los poderosos, de los que controlan los medios de comunicación y tienen mayores posibilidades de imponer cualquier versión de los hechos que les pueda resultar favorable.
El que desconfía puede estar loco, o exagerar, o simplemente equivocarse. Pero el que no desconfía está abonando el camino para una esclavitud física e intelectual sin límites, sobre todo en unos tiempos en los que la información está en todas las manos pero la relevancia en muy pocas, menos que nunca.
Aunque a veces nos haga gracia, o nos parezca ridículo, el conspiranoico no deja de ser un activista por las libertades y en cierto modo un revolucionario que se queda solo ante el poder, su versión oficial, y toda la gente dispuesta a creerse cualquier cosa con tal de no tener que pensar por sí mismo.
Por eso siempre he pensado lo mismo: a los seguidores de la teoría de la conspiración no hay que creerles, pero hay que escucharles. A menudo detectan antes que nadie los errores de una historia, ya sean equivocaciones de los culpables o mentiras de las autoridades. Es bueno, casi imprescindible, que alguien se pregunte por qué los autores de los atentados de Madrid se suicidaron más tarde en Leganés, y no en los trenes, o por qué, el otro día, el terrorista que intentó incendiar un avión en pleno vuelo no lo hizo en el cuarto de baño, donde no lo veía nadie, en vez de en su asiento, con todos los demás pasajeros alrededor.
Es bueno que alguien se haga las preguntas. Después, que cada cual decida. Pero por sí mismo, por favor. Por sí mismo.
Por el lado contrario hay que decir que siempre hubo y habrá conspiraciones: auténticos intentos de engañar a la buena fe de la gente con pruebas falsas, historias inventadas y apariencias falaces.
En la naturaleza podemos ver ejemplos de los dos tipos: desde el bicho que desconfía de todo, hasta la mosca que desarrolla rayas amarillas y negras para hacerse pasar por avispa. En la Historia, la otra fuente habitual, ha habido también casos para todos los gustos: países que hunden sus propios barcos para lanzar una guerra (EEUU en la guerra de Cuba, por ejemplo) y países que atacan sus propias posiciones para echar la culpa a otro (Alemania con Polonia). Sin embargo, recordamos estos ejemplos precisamente por extraordinarios, no por comunes. Es importante no olvidar eso.
Sin embargo, a pesar de todo lo dicho, o precisamente por ello, creo que la gente que busca una segunda explicación a las versiones oficiales hace más por defender las libertades de todos y el sistema democrático que los que se empeñan en tacharlos de paranoicos. Creerse lo que te dicen, sin desconfiar, lleva directamente al absoluto dominio de los poderosos, de los que controlan los medios de comunicación y tienen mayores posibilidades de imponer cualquier versión de los hechos que les pueda resultar favorable.
El que desconfía puede estar loco, o exagerar, o simplemente equivocarse. Pero el que no desconfía está abonando el camino para una esclavitud física e intelectual sin límites, sobre todo en unos tiempos en los que la información está en todas las manos pero la relevancia en muy pocas, menos que nunca.
Aunque a veces nos haga gracia, o nos parezca ridículo, el conspiranoico no deja de ser un activista por las libertades y en cierto modo un revolucionario que se queda solo ante el poder, su versión oficial, y toda la gente dispuesta a creerse cualquier cosa con tal de no tener que pensar por sí mismo.
Por eso siempre he pensado lo mismo: a los seguidores de la teoría de la conspiración no hay que creerles, pero hay que escucharles. A menudo detectan antes que nadie los errores de una historia, ya sean equivocaciones de los culpables o mentiras de las autoridades. Es bueno, casi imprescindible, que alguien se pregunte por qué los autores de los atentados de Madrid se suicidaron más tarde en Leganés, y no en los trenes, o por qué, el otro día, el terrorista que intentó incendiar un avión en pleno vuelo no lo hizo en el cuarto de baño, donde no lo veía nadie, en vez de en su asiento, con todos los demás pasajeros alrededor.
Es bueno que alguien se haga las preguntas. Después, que cada cual decida. Pero por sí mismo, por favor. Por sí mismo.
21 julio 2010
Tortugas y caracoles
Copio en primer lugar un texto de Ortega y Gasset sobre el señorito satisfecho. Luego hablamos:
Este personaje, que ahora anda por todas partes y dondequiera impone su barbarie íntima, es, en efecto, el niño mimado de la historia humana. El niño mimado es el heredero que se comporta exclusivamente como heredero. Ahora la herencia es la civilización — las comodidades, la seguridad en suma, las ventajas de la civilización. Como hemos visto, sólo dentro de la holgura vital que ésta ha fabricado en el mundo puede surgir un hombre constituido por aquel repertorio de facciones inspirado por tal carácter. Es una de tantas deformaciones como el lujo produce en la materia humana. Tenderíamos ilusoriamente a creer que una vida nacida en un mundo sobrado sería mejor, más vida y de superior calidad a la que consiste precisamente en luchar con la escasez. Pero no hay tal. Por razones muy rigurosas y archifundamentales que no es ahora ocasión de enunciar.
Ahora, en vez de esas razones, basta con recordar el hecho siempre repetido que constituye la tragedia de toda aristocracia hereditaria. El aristócrata hereda, es decir, encuentra atribuidas a su persona unas condiciones de vida que él no ha creado, por tanto, que no se producen orgánicamente unidas a su vida personal y propia. Se halla, al nacer, instalado, de pronto y sin saber cómo, en medio de su riqueza y de sus prerrogativas. El no tiene, íntimamente, nada que ver con ellas, porque no vienen de él. Son el caparazón gigantesco de otra persona, de otro ser viviente: su antepasado. Y tiene que vivir como heredero, esto es, tiene que usar el caparazón de otra vida. ¿En qué quedamos? ¿Qué vida va a vivir el "aristócrata" de herencia: la suya, o la del prócer inicial? Ni la una ni la otra. Está condenado a representar al otro, por lo tanto, a no ser ni el otro ni él mismo. Su vida pierde, inexorablemente, autenticidad, y se convierte en pura representación o ficción de otra vida. La sobra de medios que está obligado a manejar no le deja vivir su propio y personal destino, atrofia su vida. Toda vida es lucha, el esfuerzo por ser si misma. Las dificultades con que tropiezo para realizar mi vida son precisamente lo que despierta y moviliza mis actividades, mis capacidades. Si mi cuerpo no me pesase, yo no podría andar. Si la atmósfera no me oprimiese, sentiría mi cuerpo como una cosa vaga, fofa, fantasmática. Así, en el "aristócrata" heredero toda su persona se va envagueciendo, por falta de uso y esfuerzo vital. El resultado es esa específica bobería de las viejas noblezas, que no se parece a nada y que, en rigor, nadie ha descrito todavía en su interno y trágico mecanismo; el interno y trágico mecanismo que conduce a toda aristocracia hereditaria a su irremediable degeneración.
Bueno, y ahora, decidme: ¿tiene o no tiene esto algo que ver con que el país se vaya hundiendo poco a poco?, ¿No tiene esto algo que ver con todos los problemas sociales de acomodamientos, renuncia al esfuerzo, falta de compromiso y tendencia a vivir por encima de nuestras posibilidades?
Nuestros padres y abuelos las pasaron canutas y el país mejoró en cincuenta años más de lo que había mejorado en dos siglos. Nos lo dieron todo y ahora parecemos dispuestos a exigir que siga nuestra adolescencia social.
Todo ha empeorado, es cierto, pero quizás esa clave social de la que tan a menudo hablamos en los comentarios resida en ese caparazón que menciona Ortega: el caparazón de una España que nos viene grande y tratamos de desmenuzar para sentirnos más cómodos.
Porque en vez de tortugas nos sentimos caracoles.
Este personaje, que ahora anda por todas partes y dondequiera impone su barbarie íntima, es, en efecto, el niño mimado de la historia humana. El niño mimado es el heredero que se comporta exclusivamente como heredero. Ahora la herencia es la civilización — las comodidades, la seguridad en suma, las ventajas de la civilización. Como hemos visto, sólo dentro de la holgura vital que ésta ha fabricado en el mundo puede surgir un hombre constituido por aquel repertorio de facciones inspirado por tal carácter. Es una de tantas deformaciones como el lujo produce en la materia humana. Tenderíamos ilusoriamente a creer que una vida nacida en un mundo sobrado sería mejor, más vida y de superior calidad a la que consiste precisamente en luchar con la escasez. Pero no hay tal. Por razones muy rigurosas y archifundamentales que no es ahora ocasión de enunciar.
Ahora, en vez de esas razones, basta con recordar el hecho siempre repetido que constituye la tragedia de toda aristocracia hereditaria. El aristócrata hereda, es decir, encuentra atribuidas a su persona unas condiciones de vida que él no ha creado, por tanto, que no se producen orgánicamente unidas a su vida personal y propia. Se halla, al nacer, instalado, de pronto y sin saber cómo, en medio de su riqueza y de sus prerrogativas. El no tiene, íntimamente, nada que ver con ellas, porque no vienen de él. Son el caparazón gigantesco de otra persona, de otro ser viviente: su antepasado. Y tiene que vivir como heredero, esto es, tiene que usar el caparazón de otra vida. ¿En qué quedamos? ¿Qué vida va a vivir el "aristócrata" de herencia: la suya, o la del prócer inicial? Ni la una ni la otra. Está condenado a representar al otro, por lo tanto, a no ser ni el otro ni él mismo. Su vida pierde, inexorablemente, autenticidad, y se convierte en pura representación o ficción de otra vida. La sobra de medios que está obligado a manejar no le deja vivir su propio y personal destino, atrofia su vida. Toda vida es lucha, el esfuerzo por ser si misma. Las dificultades con que tropiezo para realizar mi vida son precisamente lo que despierta y moviliza mis actividades, mis capacidades. Si mi cuerpo no me pesase, yo no podría andar. Si la atmósfera no me oprimiese, sentiría mi cuerpo como una cosa vaga, fofa, fantasmática. Así, en el "aristócrata" heredero toda su persona se va envagueciendo, por falta de uso y esfuerzo vital. El resultado es esa específica bobería de las viejas noblezas, que no se parece a nada y que, en rigor, nadie ha descrito todavía en su interno y trágico mecanismo; el interno y trágico mecanismo que conduce a toda aristocracia hereditaria a su irremediable degeneración.
Bueno, y ahora, decidme: ¿tiene o no tiene esto algo que ver con que el país se vaya hundiendo poco a poco?, ¿No tiene esto algo que ver con todos los problemas sociales de acomodamientos, renuncia al esfuerzo, falta de compromiso y tendencia a vivir por encima de nuestras posibilidades?
Nuestros padres y abuelos las pasaron canutas y el país mejoró en cincuenta años más de lo que había mejorado en dos siglos. Nos lo dieron todo y ahora parecemos dispuestos a exigir que siga nuestra adolescencia social.
Todo ha empeorado, es cierto, pero quizás esa clave social de la que tan a menudo hablamos en los comentarios resida en ese caparazón que menciona Ortega: el caparazón de una España que nos viene grande y tratamos de desmenuzar para sentirnos más cómodos.
Porque en vez de tortugas nos sentimos caracoles.
31 mayo 2010
Parece que no nos pilla
Cada vez se habla más del riesgo de revueltas sociales, y es normal, porque cuando la gente no tiene para comer y los ahorros y las prestaciones se acaban, se echa mano de lo que sea.
En estos momentos, estamos cerca de los cuatro millones de parados oficiales, aunque esta cifra es muy discutible: habría que restarle los prejubilados, por ejemplo, pero habría que añadirle los que están asistiendo a un curso de formación y reciben una ayuda que no logra paliar su situación, que ya hay que calificar, sin miedo, de verdadera pobreza.
Si el paro real sigue creciendo (por un descenso también de la economía sumergida), o si no se consigue paliar de algún modo la alarmante situación de los parados de larga duración y otras familias sin ingresos, el aumento de la inseguridad y las revueltas serán fenómenos inevitables. La pregunta que hay que hacerse, para estar al tanto, es dónde empezarán.
Dicen que las condiciones para que se arme la marimorena en las calles son cuatro:
-Debe ser un a zona urbana y muy poblada, porque las densidades elevadas de población son un factor aglutinante para alcanzar la masa crítica de una verdadera revuelta.
-Debe ser una zona de alto desarrollo, especialmente industrial, porque la concentración de desempleo industrial genera grandes bolsas de descontento, y muy organizadas. La atomización de los trabajadores en el sector servicios, por ejemplo, desactiva en cierto modo la probabilidad de explosiones sociales. Esto reduce un poco los lugares posibles.
-La presencia de grandes masas de inmigrantes acelera el proceso, ya que suelen ser grupos de gente con mayor grado de exclusión social, peores condiciones de vida y en general menos apego a lo que se encuentran al llegar. Además, muchos de ellos proceden de sociedades donde más común que aquí el recurso a la violencia y están más inclinados piscológica y sociológicamente a ella, aunque a diario sean gente pacífica.
-Debe ser una zona con clima suave.
Este punto parecerá extraño a algunos, pero es necesario: el frío de las ciudades más interiores desactiva a menudo estos movimientos. Cuando en una ciudad se alcanzan con frecuencia temperaturas bajo cero, los pobres, los sin techo y las capas más desfavorecidas de la sociedad, emigran a mejores climas donde la simple subsistencia sea más fácil. Estos grupos son a menudo los que ejercen de detonante de las revueltas sociales y se concentran, como es obvio, en ciudades donde es posible vivir sin congelarse una noche cualquiera. León y Castellón son ciudades de tamaño parecido, pero hay casi once veces más mendigos en Castellón que en León, por ejemplo.
Con estas premisas, parece que en Zamora estamos libres de cualquier riesgo. Somos cuatro gatos, no hay una puñetera fábrica desde tiempos del rey Witiza, hay cuatro inmigrantes despistados y hace un frío que pela.
A veces da gusto no ser nadie, ¿eh?
En estos momentos, estamos cerca de los cuatro millones de parados oficiales, aunque esta cifra es muy discutible: habría que restarle los prejubilados, por ejemplo, pero habría que añadirle los que están asistiendo a un curso de formación y reciben una ayuda que no logra paliar su situación, que ya hay que calificar, sin miedo, de verdadera pobreza.
Si el paro real sigue creciendo (por un descenso también de la economía sumergida), o si no se consigue paliar de algún modo la alarmante situación de los parados de larga duración y otras familias sin ingresos, el aumento de la inseguridad y las revueltas serán fenómenos inevitables. La pregunta que hay que hacerse, para estar al tanto, es dónde empezarán.
Dicen que las condiciones para que se arme la marimorena en las calles son cuatro:
-Debe ser un a zona urbana y muy poblada, porque las densidades elevadas de población son un factor aglutinante para alcanzar la masa crítica de una verdadera revuelta.
-Debe ser una zona de alto desarrollo, especialmente industrial, porque la concentración de desempleo industrial genera grandes bolsas de descontento, y muy organizadas. La atomización de los trabajadores en el sector servicios, por ejemplo, desactiva en cierto modo la probabilidad de explosiones sociales. Esto reduce un poco los lugares posibles.
-La presencia de grandes masas de inmigrantes acelera el proceso, ya que suelen ser grupos de gente con mayor grado de exclusión social, peores condiciones de vida y en general menos apego a lo que se encuentran al llegar. Además, muchos de ellos proceden de sociedades donde más común que aquí el recurso a la violencia y están más inclinados piscológica y sociológicamente a ella, aunque a diario sean gente pacífica.
-Debe ser una zona con clima suave.
Este punto parecerá extraño a algunos, pero es necesario: el frío de las ciudades más interiores desactiva a menudo estos movimientos. Cuando en una ciudad se alcanzan con frecuencia temperaturas bajo cero, los pobres, los sin techo y las capas más desfavorecidas de la sociedad, emigran a mejores climas donde la simple subsistencia sea más fácil. Estos grupos son a menudo los que ejercen de detonante de las revueltas sociales y se concentran, como es obvio, en ciudades donde es posible vivir sin congelarse una noche cualquiera. León y Castellón son ciudades de tamaño parecido, pero hay casi once veces más mendigos en Castellón que en León, por ejemplo.
Con estas premisas, parece que en Zamora estamos libres de cualquier riesgo. Somos cuatro gatos, no hay una puñetera fábrica desde tiempos del rey Witiza, hay cuatro inmigrantes despistados y hace un frío que pela.
A veces da gusto no ser nadie, ¿eh?
11 mayo 2010
El fondo estatal
Que me perdonen los que han encontrado trabajo a costa del Fondo Estatal de obras y saraos diversos, pero a mí, eso de contratar gente para hacer lo que sea, me suena a política soviética, con todas sus consecuencias de ruina posterior y desquicie.
Todo lo que sea dar empleo a la gente, y un modo de vivir dignamente, me parece estupendo, como le parece a cualquiera, pero si es el Estado el que tiene que promover obras, y además por el procedimiento de poner delante el dinero y luego preguntar qué es lo que se quiere hacer, me suena a aquello de pagar un salario a una persona pro encender las farolas de una calle.
Cuando se genera empleo pero no riqueza, cuando se genera trabajo y no economía productiva, lo único que se obtiene es un plazo de dilación y una cartera vacía, porque estas obras están costando una verdadera millonada sin que se pueda saber en qué van a repercutir ala mejora de nuestra competitividad en el largo plazo.
El problema de España, y de otras muchas economías occidentales, es que no somos competitivos. Otros, en cualquier lado, producen lo mismo que nosotros a un mejor precio, y eso es lo que nos está crucificando, aunque la enfermedad aflore en forma de sarpullido monetario o ronchones bancarios.
Cualquier médico sabe que no se puede confundir el síntoma con la enfermedad, y que la fiebre, con ser peligrosa en sí misma, es sólo un indicador de que algo no está funcionando como debe en el organismo.
Si nosotros, en vez de poner remedio a nuestra enfermedad, nos gastamos lo que nos queda en curar la fiebre, y sólo por unos días, porque sabemos todos que el Fondo Estatal es una cura temporal, nos veremos abocados a la hospitalización, con todos los traumas y problemas que pueda acarrear.
Y además, porque hay más, este tipo de planes crea un efecto negativo, que es la esperanza de que pase lo que pase vendrá otro a arreglarl. El ferretero quiere también un fondo estatal que le venda los tornillos y los alicates que no ha vendido, el dentista quiere un fondo estatal que le pague los empastes que no ha hecho, el labrador quiere un fondo que le pague las patatas que no ha colocado al almacén y yo quiero que el Estado me llene las casas rurales que tengo vacías en el quinto carajo.
Al final, como el dinero no crece en los árboles, nos encontramos con la verdadera cara de esta moneda: que pagamos todos y unos pocos deciden a quién se beneficia, a quién se saca del hoyo y a quién se le deja cocerse en su propia salsa hasta que reviente.
Hoy en día, el verdadero poder ya no está en crear leyes, sino en repartir dineros y puestos de trabajo. Por eso, por ejemplo, los rectores de las universidades ya no salen ni en la prensa, porque desde que van cortos de presupuesto no pueden sacar ni una plaza de conserje.
Por eso se crean estos planes: no para mejorar la economía, que todos saben que no mejorará, sino para comprar gritos en las calles, silencios en las corporaciones y miedo a quedar fuera en la próxima hornada.
Por vocación, el Fondo Estatal quiere ser como la Inquisición, pero sin sotana. Lo otro es folclore.
Foto: Grifo socialista
Todo lo que sea dar empleo a la gente, y un modo de vivir dignamente, me parece estupendo, como le parece a cualquiera, pero si es el Estado el que tiene que promover obras, y además por el procedimiento de poner delante el dinero y luego preguntar qué es lo que se quiere hacer, me suena a aquello de pagar un salario a una persona pro encender las farolas de una calle.
Cuando se genera empleo pero no riqueza, cuando se genera trabajo y no economía productiva, lo único que se obtiene es un plazo de dilación y una cartera vacía, porque estas obras están costando una verdadera millonada sin que se pueda saber en qué van a repercutir ala mejora de nuestra competitividad en el largo plazo.
El problema de España, y de otras muchas economías occidentales, es que no somos competitivos. Otros, en cualquier lado, producen lo mismo que nosotros a un mejor precio, y eso es lo que nos está crucificando, aunque la enfermedad aflore en forma de sarpullido monetario o ronchones bancarios.
Cualquier médico sabe que no se puede confundir el síntoma con la enfermedad, y que la fiebre, con ser peligrosa en sí misma, es sólo un indicador de que algo no está funcionando como debe en el organismo.
Si nosotros, en vez de poner remedio a nuestra enfermedad, nos gastamos lo que nos queda en curar la fiebre, y sólo por unos días, porque sabemos todos que el Fondo Estatal es una cura temporal, nos veremos abocados a la hospitalización, con todos los traumas y problemas que pueda acarrear.
Y además, porque hay más, este tipo de planes crea un efecto negativo, que es la esperanza de que pase lo que pase vendrá otro a arreglarl. El ferretero quiere también un fondo estatal que le venda los tornillos y los alicates que no ha vendido, el dentista quiere un fondo estatal que le pague los empastes que no ha hecho, el labrador quiere un fondo que le pague las patatas que no ha colocado al almacén y yo quiero que el Estado me llene las casas rurales que tengo vacías en el quinto carajo.
Al final, como el dinero no crece en los árboles, nos encontramos con la verdadera cara de esta moneda: que pagamos todos y unos pocos deciden a quién se beneficia, a quién se saca del hoyo y a quién se le deja cocerse en su propia salsa hasta que reviente.
Hoy en día, el verdadero poder ya no está en crear leyes, sino en repartir dineros y puestos de trabajo. Por eso, por ejemplo, los rectores de las universidades ya no salen ni en la prensa, porque desde que van cortos de presupuesto no pueden sacar ni una plaza de conserje.
Por eso se crean estos planes: no para mejorar la economía, que todos saben que no mejorará, sino para comprar gritos en las calles, silencios en las corporaciones y miedo a quedar fuera en la próxima hornada.
Por vocación, el Fondo Estatal quiere ser como la Inquisición, pero sin sotana. Lo otro es folclore.
Foto: Grifo socialista
26 marzo 2010
La profecía de Jerusalem. Teodosio en Hispania.
La profecía de Jerusalem. Teodosio en Hispania.
Margarita Torres.
¿Cual es la Profecía de Jerusalem? Probablemente la misma que la pregunta de Pilatos, pero mantengamos el misterio, advirtiendo, esosí, que en literatura todo es estética, y el título no le hace justicia a un libro que se aleja de los tópicos del género para crear su propio escenario en la que la magia no reside en lo oculto, como sucede tan a menudo en estos tiempos, sino en ese Camino de Santiago que aún podemos visitar. Camino geográfico y más aún, camino de Occidente como cultura y voluntad.
La Profecía de Jerusalem nos cuenta la historia de los últimos destellos de fuerza y coraje de un imperio moribundo. A partir de Juliano el Apóstata y su convencimiento de que una doctrina blanda y humanitaria como el cristianismo estaba en la raíz de la decadencia, Margarita Torres nos lleva por la vida y la sociedad de la Hispania romana con un elegante equilibrio entre el rigor histórico y una trama dinámica y vibrante.
La historia, cuando se mira y se vive con pasión, puede ser el mejor argumento: en medio de las guerras civiles pro el control de Roma, el general Flavio Teodosio, padre del que luego sería emperador del mismo nombre, es enviado a distintas partes del Imperio a tratar de sostener un orden cada vez más precario. Logra unificar Britania combatiendo contra distintos pueblos y logra también reducir a los rebeldes del Norte de África.
La política imperial se mezcla con las pasiones personales cuando el general Flavio Teodosio, pagano convencido, salva el Imperio para entregarlo a su hijo, cristiano ferviente, sabiendo que su lucha por el salvar el Viejo Mundo ha sido en vano, pues quizás él era su último baluarte. Así, la búsqueda de Teodosio de un lugar en el que retirarse y de un reducto donde mantener intacta la esencia de lo que ama, se convierte en una especie de camino iniciático que a la vez va con el cristianismo, y contra él, como toda semilla que muere al germinar en fruto.
Quizás lo mejor de la novela sea cómo Margarita Torres ha sabido transmitirnos esa idea tan cercana a Teodosio de que “no importa por qué luchamos, si nuestra causa es justa o no o si ganamos o perdemos: importa sólo luchar. Hasta alcanzar la vitoria, cuando se vence. Hasta no avergonzarse de la derrota, cuando se pierde.”
La historia es una abstracción intelectual, pero también y ante todo, la historia es humanidad y corazón. En esta novela no echarán en falta nada de eso: ni inteligencia, ni humanidad, ni corazón.
No se la pierdan.
Margarita Torres.
¿Cual es la Profecía de Jerusalem? Probablemente la misma que la pregunta de Pilatos, pero mantengamos el misterio, advirtiendo, esosí, que en literatura todo es estética, y el título no le hace justicia a un libro que se aleja de los tópicos del género para crear su propio escenario en la que la magia no reside en lo oculto, como sucede tan a menudo en estos tiempos, sino en ese Camino de Santiago que aún podemos visitar. Camino geográfico y más aún, camino de Occidente como cultura y voluntad.
La Profecía de Jerusalem nos cuenta la historia de los últimos destellos de fuerza y coraje de un imperio moribundo. A partir de Juliano el Apóstata y su convencimiento de que una doctrina blanda y humanitaria como el cristianismo estaba en la raíz de la decadencia, Margarita Torres nos lleva por la vida y la sociedad de la Hispania romana con un elegante equilibrio entre el rigor histórico y una trama dinámica y vibrante.
La historia, cuando se mira y se vive con pasión, puede ser el mejor argumento: en medio de las guerras civiles pro el control de Roma, el general Flavio Teodosio, padre del que luego sería emperador del mismo nombre, es enviado a distintas partes del Imperio a tratar de sostener un orden cada vez más precario. Logra unificar Britania combatiendo contra distintos pueblos y logra también reducir a los rebeldes del Norte de África.
La política imperial se mezcla con las pasiones personales cuando el general Flavio Teodosio, pagano convencido, salva el Imperio para entregarlo a su hijo, cristiano ferviente, sabiendo que su lucha por el salvar el Viejo Mundo ha sido en vano, pues quizás él era su último baluarte. Así, la búsqueda de Teodosio de un lugar en el que retirarse y de un reducto donde mantener intacta la esencia de lo que ama, se convierte en una especie de camino iniciático que a la vez va con el cristianismo, y contra él, como toda semilla que muere al germinar en fruto.
Quizás lo mejor de la novela sea cómo Margarita Torres ha sabido transmitirnos esa idea tan cercana a Teodosio de que “no importa por qué luchamos, si nuestra causa es justa o no o si ganamos o perdemos: importa sólo luchar. Hasta alcanzar la vitoria, cuando se vence. Hasta no avergonzarse de la derrota, cuando se pierde.”
La historia es una abstracción intelectual, pero también y ante todo, la historia es humanidad y corazón. En esta novela no echarán en falta nada de eso: ni inteligencia, ni humanidad, ni corazón.
No se la pierdan.
13 marzo 2010
La alternativa difícil
Se nota que es verano y flota cierto humorismo hasta en los papeles oficiales. No me digan que no. Estamos todos tan tranquilos, con nuestra galvana a cuestas, y viene el Centro de Investigaciones Sociológicas y nos dice que, por primera vez en no sé cuantos años, el PP supera en intención de voto al PSOE. Genial, oigan, pero si con lo que tenemos encima sólo lo consiguen ahora, y por unas centésimas, ¿qué esperan los del PP para colgarse de un pino?
La estrategia de Rajoy parece clara: convencernos de que no hay alternativa posible a su flojera. Convencernos de que se trata de Zapatero de él. ¿Y saben una cosa? Que no. Que no podemos tragar esa milonga. Que Zapatero es un desharrapado intelectual, un vendedor de alfombras dialéctico y un cataclismo político, lo estamos viendo a diario, pero eso no quiere decir que el líder de la oposición sea automáticamente el mejor posible.
Con todo lo que ha caído, con la gente que se ha quedado en la calle, con las empresas que han cerrado, los bancos que han entrado en semiquiebra y la porquería que le ha salido a los socialistas, ¿cómo se puede tardar todo este tiempo en superarlos en intención de voto?
El señor Rajoy es un manta. Es un pobre cero a la izquierda que ningunean en su partido porque saben que sin apoyo en la calle, el Presidente es menos que nadie. ¿Qué se puede esperar de un líder político que tiene al tesorero del partido implicado en una trama de corrupción y no lo destituye?, ¿por qué ha esperado a que se marche cuando mejor le venga y más cómodamente le encaje con las vacaciones? Tiene una guerra abierta en la Comunidad de Madrid y mira para otro lado, tiene un gran jaleo armado en Valencia y no sabe y no contesta. ¿Dejaríoa usted el país en manos de semejante individuo? Yo no le prestaba ni la moto, oigan.
A Rajoy lo mantienen como presidente del partido los que no quieren ganar las elecciones, porque prefieren un presidente débil que les permita a ellos hacer lo que les dé la gana en sus ayuntamientos y diputaciones. ¿No les suena de nada esa estrategia? Plena Edad Media: rey débil, condes ricos. Eso salva a Rajoy, peor no nos salva a nosotros, que nos veremos, tarde o temprano, aunque me temo que será tarde, abocados a unas elecciones en las que un partido nos lleva a la ruina y el desastre, proclamando ya sin tapujos que el dinero es para andaluces y catalanes (y para el resto ya se verá) y otro que ni siquiera es un partido democrático, donde no el candidato ha sido elegido a dedo por el lucero del alba y se nos impone junto a una ristra de ajos, salchichones y otros embutidos para que los votemos por miedo a seguir teniendo a Zapatero.
Hay que buscar una alternativa como sea.
Zapatero, no. Rajoy, tampoco.
Y si la democracia que nos ha quedado tras treinta años de transición es esto, casi es mejor que resucitemos a Franco y a la Pasionaria para que gobiernen en coalición.
Cualquier cosa antes que pasar por este aro.
La estrategia de Rajoy parece clara: convencernos de que no hay alternativa posible a su flojera. Convencernos de que se trata de Zapatero de él. ¿Y saben una cosa? Que no. Que no podemos tragar esa milonga. Que Zapatero es un desharrapado intelectual, un vendedor de alfombras dialéctico y un cataclismo político, lo estamos viendo a diario, pero eso no quiere decir que el líder de la oposición sea automáticamente el mejor posible.
Con todo lo que ha caído, con la gente que se ha quedado en la calle, con las empresas que han cerrado, los bancos que han entrado en semiquiebra y la porquería que le ha salido a los socialistas, ¿cómo se puede tardar todo este tiempo en superarlos en intención de voto?
El señor Rajoy es un manta. Es un pobre cero a la izquierda que ningunean en su partido porque saben que sin apoyo en la calle, el Presidente es menos que nadie. ¿Qué se puede esperar de un líder político que tiene al tesorero del partido implicado en una trama de corrupción y no lo destituye?, ¿por qué ha esperado a que se marche cuando mejor le venga y más cómodamente le encaje con las vacaciones? Tiene una guerra abierta en la Comunidad de Madrid y mira para otro lado, tiene un gran jaleo armado en Valencia y no sabe y no contesta. ¿Dejaríoa usted el país en manos de semejante individuo? Yo no le prestaba ni la moto, oigan.
A Rajoy lo mantienen como presidente del partido los que no quieren ganar las elecciones, porque prefieren un presidente débil que les permita a ellos hacer lo que les dé la gana en sus ayuntamientos y diputaciones. ¿No les suena de nada esa estrategia? Plena Edad Media: rey débil, condes ricos. Eso salva a Rajoy, peor no nos salva a nosotros, que nos veremos, tarde o temprano, aunque me temo que será tarde, abocados a unas elecciones en las que un partido nos lleva a la ruina y el desastre, proclamando ya sin tapujos que el dinero es para andaluces y catalanes (y para el resto ya se verá) y otro que ni siquiera es un partido democrático, donde no el candidato ha sido elegido a dedo por el lucero del alba y se nos impone junto a una ristra de ajos, salchichones y otros embutidos para que los votemos por miedo a seguir teniendo a Zapatero.
Hay que buscar una alternativa como sea.
Zapatero, no. Rajoy, tampoco.
Y si la democracia que nos ha quedado tras treinta años de transición es esto, casi es mejor que resucitemos a Franco y a la Pasionaria para que gobiernen en coalición.
Cualquier cosa antes que pasar por este aro.
08 marzo 2010
Levantar, no sostener
Permítanme que presuponga que escribo para gente de cierta cultura, aunque sólo sea porque así suelen ser los que leen los periódicos. Si me excedo al partir de semejante premisa, les ruego de antemano disculpas.
Lo he pensado un poco y creo que la tan cacareada Economía Sostenible, como concepto, tiene el mismo fallo que el viejo grito de Viva España como eslogan o como exclamación patriótica.
Tradicionalmente, hasta los años treinta, se gritaba Viva España al final de los mítines, tanto conservadores como socialistas. Todos querían que viviera España, pero llegó un personaje, José Antonio Primo de Ribera, hijo del general Miguel Primo y fundador de la Falange, que dijo que semejante frase era intolerable.
La Falange de José Antonio no era exactamente, por aquel entonces, el partido fascista y reaccionario que conocimos luego a través de Franco y su Movimiento (otro concepto genial, porque el Movimiento consistía justamente en evitar que se moviera nadie). La Falange original, antes de su secuestro, era más bien otra cosa mucho más compleja de explicar, con su toque católico, sindical, y hasta sentimentaloide, pero eso no hace al caso para lo que iba a contarles hoy.
El caso, y a eso iba, es que José Antonio decía que gritar Viva España era de cobardes y mentecatos, porque para vivir España como estaba viviendo, zarrapastrosa, miserable y arrastrada era mejor que se muriese de una puñetera vez. Por eso pidió a todos los suyos que en vez de Viva España gritasen Arriba Esapaña. El desastre en que acabó aquello lo conocemos de sobra, pero echarle la culpa a él es como echarle a Jesucristo la culpa de la Inquisición, que se formó en su nombre, pero sin que nadie pudiese pedirle opinión.
Ahora, con la Economía Sostenible, me parece a mí que nos pasa otro tanto, pero no hay quien lo diga. No tenemos ni siquiera a un alucinado, a un revolucionario o a un reaccionario con dos neuronas (o dos huevos) para decirlo claramente y de una vez.
¿Sostener el qué?
¿Una administración monstruosa, ineficiente y multiplicada por diecisiete? ¿Un sistema de contratas basado en que unos cobran, los contratistas, y otros curran, los subcontratistas? ¿Una economía asentada sobre el endeudamiento, sin capacidad competitiva ni de generar empleo? ¿Una economía que no logra jamás ofrecer ocupación a la población ni mantener un nivel social digno sin recurrir a la caridad, el subsidio y la propina? ¿Una economías con la energía cara, en manos de multinacionales y oligopolios malamente compatibles con la utilidad pública?
Prefiero no seguir.
Lo que tengo muy claro es que en España no hay que sostener la economía. Hay que crearla y levantarla. Hay que dar trabajo a la población. Hay que permitir crear riqueza al que la quiera crear y vivir de su trabajo al que quiera trabajar.
Sólo es eso. Así de sencillo. Sostener este cadáver que lo sostenga su padre.
Lo he pensado un poco y creo que la tan cacareada Economía Sostenible, como concepto, tiene el mismo fallo que el viejo grito de Viva España como eslogan o como exclamación patriótica.
Tradicionalmente, hasta los años treinta, se gritaba Viva España al final de los mítines, tanto conservadores como socialistas. Todos querían que viviera España, pero llegó un personaje, José Antonio Primo de Ribera, hijo del general Miguel Primo y fundador de la Falange, que dijo que semejante frase era intolerable.
La Falange de José Antonio no era exactamente, por aquel entonces, el partido fascista y reaccionario que conocimos luego a través de Franco y su Movimiento (otro concepto genial, porque el Movimiento consistía justamente en evitar que se moviera nadie). La Falange original, antes de su secuestro, era más bien otra cosa mucho más compleja de explicar, con su toque católico, sindical, y hasta sentimentaloide, pero eso no hace al caso para lo que iba a contarles hoy.
El caso, y a eso iba, es que José Antonio decía que gritar Viva España era de cobardes y mentecatos, porque para vivir España como estaba viviendo, zarrapastrosa, miserable y arrastrada era mejor que se muriese de una puñetera vez. Por eso pidió a todos los suyos que en vez de Viva España gritasen Arriba Esapaña. El desastre en que acabó aquello lo conocemos de sobra, pero echarle la culpa a él es como echarle a Jesucristo la culpa de la Inquisición, que se formó en su nombre, pero sin que nadie pudiese pedirle opinión.
Ahora, con la Economía Sostenible, me parece a mí que nos pasa otro tanto, pero no hay quien lo diga. No tenemos ni siquiera a un alucinado, a un revolucionario o a un reaccionario con dos neuronas (o dos huevos) para decirlo claramente y de una vez.
¿Sostener el qué?
¿Una administración monstruosa, ineficiente y multiplicada por diecisiete? ¿Un sistema de contratas basado en que unos cobran, los contratistas, y otros curran, los subcontratistas? ¿Una economía asentada sobre el endeudamiento, sin capacidad competitiva ni de generar empleo? ¿Una economía que no logra jamás ofrecer ocupación a la población ni mantener un nivel social digno sin recurrir a la caridad, el subsidio y la propina? ¿Una economías con la energía cara, en manos de multinacionales y oligopolios malamente compatibles con la utilidad pública?
Prefiero no seguir.
Lo que tengo muy claro es que en España no hay que sostener la economía. Hay que crearla y levantarla. Hay que dar trabajo a la población. Hay que permitir crear riqueza al que la quiera crear y vivir de su trabajo al que quiera trabajar.
Sólo es eso. Así de sencillo. Sostener este cadáver que lo sostenga su padre.
02 marzo 2010
No quiero ser de Vichy
Con un título así podría hablar de agua mineral, pero voy a hablar de vergüenza, de colaboración con el enemigo y de agachar la cabeza para rogar un sitio en el pesebre donde echan el pienso los mismos que te esclavizan.
Dicen que durante la segunda guerra mundial hubo sesenta mil franceses que participaron en la resistencia contra los nazis. Lo que no suelen decir tan a menudo es que hubo ocho millones de franceses que colaboraron con ellos. Eso es Vichy.
Cada vez tengo más claro que la clase política en general es una lacra que ha cobrado vida propia y vive de nuestro trabajo. Los privilegios se multiplican y el abismo que separa al trabajador corriente del que tiene un sueldo fijo, asegurado por el esfuerzo de todos, no deja de ensancharse.
Pensamos alguna vez que cuando las cosas fuesen mal todo cambiaría. Pensamos que todos nos apretaríamos el cinturón para salir del paso, pero la realidad nos está enseñando que los recortes y los sacrificios van a ser para los de siempre, mientras los cargos públicos, de todas las administraciones y todas las tendencias políticas, siguen gastando a manos llenas y reservando para sus allegados las obras, las contratas y las actividades donde está el beneficio más interesante.
En estas condiciones, con el endeudamiento disparado hasta la estratosfera y el principio de igualdad pisoteado por todas las pezuñas posibles, hay que decir que ser un ciudadano ejemplar es poner el cuello para el garrote.
Pagar religiosamente los impuestos y cumplir con las obligaciones que se le suponen a un buen ciudadano es colaborar con el enemigo.
Asistir a los cursos que se imparten para desempleados es permitir que nos tomen el pelo, promover que se gaste nuestro dinero en pagar opíparos sueldos a los que gestionan esos cursos (muchas veces los mismos sindicatos que no movieron un dedo para que conservásemos nuestro trabajo) es alimentar el sistema del enemigo.
El único dinero que es verdaderamente nuestro es el que no ven. El único trabajo que realmente realizamos para nosotros, es el que no declaramos. De lo demás, de todo, se llevan su tajada a cambio de empeñarnos a nosotros, a nuestros hijos y a nuestros nietos, con una coartada tan miserable como la libertad (la suya) y el bienestar (también el suyo).
En otros tiempos la mala gente se burlaba de los demás por sus defectos. Señalaban a uno por cojo, a otro por tuerto, y a otro por feo, y a causa de esos defectos abusaban de ellos. Ahora la mala gente es aún peor, porque se burlan de nosotros por nuestra virtudes: a uno lo ven honrado, y lo sangran. A otro lo ven trabajador, y lo explotan. A otro lo ven emprendedor, y lo expolian.
Ante semejante situación no queda más remedio que echarse al monte. Si teníamos una sociedad, éramos socios. Si lo que tenemos es un atraco, seamos bandoleros.
Dicen que durante la segunda guerra mundial hubo sesenta mil franceses que participaron en la resistencia contra los nazis. Lo que no suelen decir tan a menudo es que hubo ocho millones de franceses que colaboraron con ellos. Eso es Vichy.
Cada vez tengo más claro que la clase política en general es una lacra que ha cobrado vida propia y vive de nuestro trabajo. Los privilegios se multiplican y el abismo que separa al trabajador corriente del que tiene un sueldo fijo, asegurado por el esfuerzo de todos, no deja de ensancharse.
Pensamos alguna vez que cuando las cosas fuesen mal todo cambiaría. Pensamos que todos nos apretaríamos el cinturón para salir del paso, pero la realidad nos está enseñando que los recortes y los sacrificios van a ser para los de siempre, mientras los cargos públicos, de todas las administraciones y todas las tendencias políticas, siguen gastando a manos llenas y reservando para sus allegados las obras, las contratas y las actividades donde está el beneficio más interesante.
En estas condiciones, con el endeudamiento disparado hasta la estratosfera y el principio de igualdad pisoteado por todas las pezuñas posibles, hay que decir que ser un ciudadano ejemplar es poner el cuello para el garrote.
Pagar religiosamente los impuestos y cumplir con las obligaciones que se le suponen a un buen ciudadano es colaborar con el enemigo.
Asistir a los cursos que se imparten para desempleados es permitir que nos tomen el pelo, promover que se gaste nuestro dinero en pagar opíparos sueldos a los que gestionan esos cursos (muchas veces los mismos sindicatos que no movieron un dedo para que conservásemos nuestro trabajo) es alimentar el sistema del enemigo.
El único dinero que es verdaderamente nuestro es el que no ven. El único trabajo que realmente realizamos para nosotros, es el que no declaramos. De lo demás, de todo, se llevan su tajada a cambio de empeñarnos a nosotros, a nuestros hijos y a nuestros nietos, con una coartada tan miserable como la libertad (la suya) y el bienestar (también el suyo).
En otros tiempos la mala gente se burlaba de los demás por sus defectos. Señalaban a uno por cojo, a otro por tuerto, y a otro por feo, y a causa de esos defectos abusaban de ellos. Ahora la mala gente es aún peor, porque se burlan de nosotros por nuestra virtudes: a uno lo ven honrado, y lo sangran. A otro lo ven trabajador, y lo explotan. A otro lo ven emprendedor, y lo expolian.
Ante semejante situación no queda más remedio que echarse al monte. Si teníamos una sociedad, éramos socios. Si lo que tenemos es un atraco, seamos bandoleros.
16 enero 2010
Producir, ¿para quién?
Hay un dato sobre la producción global que quizás os interese: para vivir como vivía un americano medio de 1955, bastaría con que trabajásemos cuatro horas y media al día. El resto, sobraría, o no se sabe muy bien dónde va, porque el americano medio de 1955 también dejaba un buen beneficio a su empresa.
Las sociedades occidentales, y muy especialmente la española, padecen de un gran exceso de capacidad productiva. Hay excedentes sin vender de todo. Pisos de sobra, cereales de sobra, leche que se debe producir por cuotas, vino que sobra, etc. La antigua orientación a la producción, en la que había que producir más cada vez porque todo se vendía, ha dejado lugar a la actual orientación al mercado: hay que tratar de vender lo que se produce.
El problema, el gran problema, surge cuando en todas partes hay exceso de capacidad productiva. Los antiguos mercados, que eran compradores netos, después de equiparse con tecnología avanzada, se convierten a su vez en productores, y no sólo dejan de comprar lo que antes les vendíamos, sino que se convierten en competidores por los mercados.
Dos ejemplos típicos son China e India, que nos compran más de lo que nos compraban pero nos venden cien veces más de los que nos vendían.
La cuestión que surge inmediatamente al realizar esta reflexión, es: Y cuando todos seamos productores de bienes en grandes cantidades, ¿quién los comprará?
De momento, los países en vías de desarrollo siguen demandando bienes de equipo, pero a medida que avanzan en su camino de industrialización y de educación, necesitan cada vez menos aportes exteriores. La economía basada en el crecimiento es, pues, un callejón sin salida.
Si todos crecemos, pronto tendremos todos un exceso de capacidad productiva y eso conduce indefectiblemente a grandes, enormes tasas de paro. Si unos pocos son capaces de producir lo que consumen todos, hay una mayoría que no tiene ocupación, pues nadie necesita lo que ellos podrían producir. A eso se le llama irrelevancia económica, y viene a ser como morirse a efectos del mercado.
Así las cosas, hay que encontrar un modelo en el que todos puedan vivir, se distribuya el trabajo, y exista una mínima sensación de justicia.
Una de las posibilidades es, como dije al principio, reducir drásticamente la jornada, pero no parece posible mientras la medida no sea global. Otra es que trabajen algunos y los otros les aplaudan, de modo que los primeros repartan su salario con los segundos, pero no parece posible que el ser humano admita que unos trabajen y otros no y luego se reparta lo conseguido.
La tercera, pero no última, es que resurja la demanda porque gran parte de lo que había resultó destruido. Cuando hay una devastación global, en la que hay que restaurar el país entero sin que nadie pueda alegar que es injusto el reparto, los países prosperan. Prueba de ello es que a Alemania y Japón les fue mucho mejor después de la guerra que a los que la ganaron.
Conociendo al personal, me temo que la tentación de seguir el tercer camino va a ser muy fuerte.
Las sociedades occidentales, y muy especialmente la española, padecen de un gran exceso de capacidad productiva. Hay excedentes sin vender de todo. Pisos de sobra, cereales de sobra, leche que se debe producir por cuotas, vino que sobra, etc. La antigua orientación a la producción, en la que había que producir más cada vez porque todo se vendía, ha dejado lugar a la actual orientación al mercado: hay que tratar de vender lo que se produce.
El problema, el gran problema, surge cuando en todas partes hay exceso de capacidad productiva. Los antiguos mercados, que eran compradores netos, después de equiparse con tecnología avanzada, se convierten a su vez en productores, y no sólo dejan de comprar lo que antes les vendíamos, sino que se convierten en competidores por los mercados.
Dos ejemplos típicos son China e India, que nos compran más de lo que nos compraban pero nos venden cien veces más de los que nos vendían.
La cuestión que surge inmediatamente al realizar esta reflexión, es: Y cuando todos seamos productores de bienes en grandes cantidades, ¿quién los comprará?
De momento, los países en vías de desarrollo siguen demandando bienes de equipo, pero a medida que avanzan en su camino de industrialización y de educación, necesitan cada vez menos aportes exteriores. La economía basada en el crecimiento es, pues, un callejón sin salida.
Si todos crecemos, pronto tendremos todos un exceso de capacidad productiva y eso conduce indefectiblemente a grandes, enormes tasas de paro. Si unos pocos son capaces de producir lo que consumen todos, hay una mayoría que no tiene ocupación, pues nadie necesita lo que ellos podrían producir. A eso se le llama irrelevancia económica, y viene a ser como morirse a efectos del mercado.
Así las cosas, hay que encontrar un modelo en el que todos puedan vivir, se distribuya el trabajo, y exista una mínima sensación de justicia.
Una de las posibilidades es, como dije al principio, reducir drásticamente la jornada, pero no parece posible mientras la medida no sea global. Otra es que trabajen algunos y los otros les aplaudan, de modo que los primeros repartan su salario con los segundos, pero no parece posible que el ser humano admita que unos trabajen y otros no y luego se reparta lo conseguido.
La tercera, pero no última, es que resurja la demanda porque gran parte de lo que había resultó destruido. Cuando hay una devastación global, en la que hay que restaurar el país entero sin que nadie pueda alegar que es injusto el reparto, los países prosperan. Prueba de ello es que a Alemania y Japón les fue mucho mejor después de la guerra que a los que la ganaron.
Conociendo al personal, me temo que la tentación de seguir el tercer camino va a ser muy fuerte.
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