03 noviembre 2009

El triunfo de la certeza


Se me ocurrió este título para el artículo al ver que al teclado con el que siempre escribo se le había averiado la X. Y certezas son las que nos quedan cuando desaparecen las incógnitas, ¿no?
Certeza es, por ejemplo, que el otoño va a resultar movido, por mucho que los sindicatos cierren filas ideológicas en torno a un gobierno supuestamente de izquierdas, que se ampara más en unas siglas conocidas que en un programa para sustentar el progresismo de su programa. Porque si progresismo viene de progreso, y así lo creemos todos, ¿desde cuándo fue compatible el progreso con los anunciados recortes presupuestarios en investigación y desarrollo?

Certeza es también que al desempleo le queda mucho aún por aumentar, porque a medida que pase el tiempo se irán agotando las reservas financieras de las empresas que siguen sin ver renovadas sus líneas de crédito. Los bancos están prestando dinero otra vez, pero por si no lo sabían, es conveniente remarcar que casi ocho de cada diez euros que los bancos prestan los están dando a instituciones públicas para financiar los descomunales agujeros presupuestarios que provoca la política de “dinero para todos y el que venga que arree”.

El desempleo aumentará, ciertamente, cuando se vayan concluyendo las obras que se iniciaron hace un par de años y no se han concluido todavía, y cuando la subida de impuestos apriete la soga un poco más allá del punto crítico a muchos pequeños empresarios y autónomos que están ya al borde de la asfixia.

Porque certeza es también que los impuestos nos los subirán a todos, y mucho, a pesar de la táctica cainita de esperar que nos alegremos del sablazo porque se los suban más a los ricos. Y quizás sea cierto: se los subirán más a los ricos, pero a ellos les dolerá menos esa subida de lo que nos dolerá a los demás la nuestra. Pero si somos tan tontos, o tan miserables, como para alegrarnos de que otro se quede tuerto aunque a nosotros nos dejen ciegos, pues no nos merecemos otra cosa.

El IVA, que subirá, lo pagamos todos y a todas horas; los cuatrocientos euros de la vergüenza que nos dieron antes de las elecciones y que ahora desaparecen, también nos los quitan a todos, y las deducciones fiscales que se suprimen, nos las suprimen también a todos. ¿Qué nos importa que el gana más de ocho millones al año pague un tres, o un cinco por ciento más de lo que estaba pagando, si ese tío va a andar tan sobrado como hasta ahora?

Nada. No nos importa nada. Porque el rico sabe hacer valer su riqueza para contratar a quien le haga pagar menos, y mejor para todos que sea así, porque desde que estamos en la Unión Europea, el rico puede muy bien coger todo su capital y marcharse con los euros a otra parte, cerrando sus empresas de aquí y abriéndolas en otro lado, o en ninguna parte.

Esa es otra certeza, la última: que si espantamos al que tiene algo somos como el tendero que espanta a los clientes que pueden comprarle su mercancía. Y tenderos tan tontos como para hacer eso, hay pocos. Pero políticos que lo hagan, por lo visto, sobran.

30 octubre 2009

El negocio de la nostalgia


No sé si es bueno o malo, pero el otro día vi un anuncio, uno más, de los muchos que ofrecen reposiciones nostálgicas de viejas series televisivas, y se me ocurrió que ese negocio, tan floreciente hoy en día, está abocado a desaparecer en pocos años.

Lo cierto, y lo saben igual que yo, es que con la sequía creativa, el miedo a invertir en nuevos valores, y el daño que hacen las descargas de internet a los fabricantes y productores de contenidos, la reposiciones, antologías y selecciones ocupan cada vez más espacio en las estanterías de las tiendas y los anaqueles de los kioscos.

El negocio de la nostalgia es más prometedor cuanto más feo es el momento presente, pues si se dice, en cualquier caso, que cualquier tiempo pasado fue mejor, con más motivo es mejor ese tiempo cuando además de ser más jóvenes teníamos más dinero en el bolsillo. Además, y tampoco conviene perder esto de vista, el negocio de la nostalgia se orienta hacia los consumidores que hoy están en edad de tener un sueldo, y no a sus hijos. ¿O se creen que los anuncios de la abeja Maya, Vickie el Vikingo o Mazinger Z se hacen para que esos dibujos animados les gusten a los niños de ahora?

Los niños de ahora, como los de siempre, quieren ver lo que ponen en la tele y lo que pueden hablar y comentar con sus amigos. Lo que pasa, y eso no sucedía antes, es que ahora hay veintitantas cadenas de televisión y es mucho más difícil coincidir en gustos con el resto.

Cuando los que tenemos cerca de los cuarenta años veíamos al tele, había una sola cadena, y luego dos, y así compartíamos todos, por fuerza, gustos y mitologías.

Dentro de unos años, cuando tengan nuestra edad los que ahora son niños, el negocio de la nostalgia será una ruina, porque no habrá ninguna serie o programa que viesen veinte millones de personas a la vez, y sólo esa clase de productos, los que marcan una época por la amplitud de su audiencia, pueden ser interesantes para este mercado.

¿Y me preocupa este fenómeno? Pues no, o al menos no en sí mismo, pero sí como síntoma, o como ejemplo suave de otro mucho más profundo y también mas grave. Lo que me preocupa o me induce a reflexionar es la destrucción, lenta pero inexorable, de todo lo que es una mente colectiva. Las sociedades se destruyen y se convierten en asociaciones cuando desaparecen las ideas, los iconos, las creencias y los proyectos comunes, y en España llevamos ya años en un proceso de desintegración que no parece tener final.

Nadie duda que en la abundancia de opciones estriba la verdadera libertad, pero cuando la libertad se convierte en atomización, les sucede a las naciones y a las sociedades como a los pasteles: que cuando tienen un tamaño aceptable son un postre, una golosina, y hasta un lujo, pero cuando se parten en pequeñas migajas se convierten en otra cosa.

¿Y que es un pastel troceado en dos mil migas? Basura, por supuesto.

28 octubre 2009

Pantanos y canales


El presidente Zapatero acaba de anunciar que nos subirá, de un golpe y sin anestesia, un cinco por ciento los impuestos. Puede haber por ahí algunos incautos que aún piensen que realmente esta subida afectará sólo a las rentas mas altas, pero lo cierto es que los ricos son ya una especie tan rara en este país que no interesan como fuente de ingresos, y menos a un gobierno que lo que quiero es mucho dinero y fácil de recaudar.

Los datos son bien claros: casi el veinte por ciento de los españoles está en el paro, y del resto, un sesenta y siete por ciento cobra menos de mil euros al mes. Si a eso unimos que el que verdaderamente tiene algo sabe todas las maneras de ocultarlo, y le sale más barato contratar un abogado o llevarse el dinero a Portugal que pagar lo que le piden, el cóctel está servido: pagaremos los de siempre.

Desde el Gobierno tratarán de disimular el verdadero impacto de la medida subiendo algo más a las rentas más altas, pero la idea principal, y si no, ya lo verán, es subir el IVA, que lo pagamos todos cuando vamos a comprar, lo mismo si compramos angulas que si compramos chicharros. Quitarán o reducirán las deducciones por maternidad, o por enfermedad, o por compra de vivienda, elevarán las tasas de todo lo que nos oferte la administración y tratarán de echar los dientes a donde haya carne. Y la carne está, por supuesto, en las partidas que afectan a ocho, diez, o quince millones de personas, y no en las que afectan a doscientos mil, que además pueden arramblar con todo para el extranjero.

Y el caso es que es un error. Un error de bulto y de concepto que además de sacarnos los cuartos va a ser para peor. Porque en los malos tiempos tenemos que apretarnos todos el cinturón y arrimar el hombro, vale, peor la primera que debería hacerlo es la administración, en vez de contratar a ciento y pico mil funcionarios en un año.

La idea que maneja la ministra es de suspenso en empresariales. El gasto público hace subir el empleo, sí, porque es un estímulo a la demanda, pero debe abordarse en segundo lugar, no en primero.

Esto es como los canales de riego y los embalses. Los incentivos al consumo, que son los subsidios y los dineros que va dando ZP para que haya obras en los pueblos, serían los canales; y los estímulos a la inversión, que consistirían en dar facilidades a los empresarios para poner más empresas y que contratasen a más gente, serían los embalses.

Lo que esta gente no parece ver es que los embalses sin canales sirven para poca cosa, porque sólo pueden regar unas cuantas hectáreas cerca de la presa y junto al cauce del río, pero los canales sin embalse, que es lo que está haciendo este gobierno, no sirven de nada salvo para tirar el dinero. Y para hacer ricos a los constructores de canales, por supuesto.

Pero a lo mejor va de eso la cosa.

26 octubre 2009

Un barco muy especial



A zapatero se le ve cada vez con más ojeras y también con menos efectivos en su ejército de salvadores de la patria. Los pilares de su proyecto, y quizás de todo su partido, hace tiempo que se han ido retirando, unos discretamente, y otros con mayor estrépito. Ahora, el edificio entero depende casi exclusivamente de la levitación, y la levitación, como es sabido, depende de la fe. Y con la mala no basta.

¿Qué fue de Nicolás Redondo Terreros? Desapareció, sustituido por un personaje más ecléctico, menos socialista y menos claro que pudiese llegar a Lehendakari. ¿Qué fue de Maragall? Sustituido pro Montilla, que a fuerza de andaluz es más enemigo de la idea de España que ningún nacionalista autóctono. Al converso siempre le sucede así. ¿Qué fue de Vázquez, eximio alcalde de La Coruña y voz discordante, en nombre del sentido común, en el coro de necedades de su propio partido? Embajador ante la Santa Sede, nada menos. ¿Qué fue del siempre sincero e incómodo Rodríguez Ybarra? , ¿qué fue de Pepe Bono?, ¿Qué fue de Solbes?

No sigo para no aburrirles, pero en el Partido Socialista se están quedando solamente con los mindundis. Se quedan con gente sin peso, sin ideas, sin ninguna capacidad de análisis mientras van deshaciéndose de las personas que podrían tener alguna idea, y quizás alguna idea propia, sobre cómo llevar el país a una solución que además de ideológicamente atractiva fuese realizable en la práctica.

La última espantada, la de Jordi Sevilla, asesor económico del Gobierno, nos hace pensar que nadie quiere ver ya su nombre asociado al desastre que se avecina. Los fracasos queman el prestigio de un político lo mismo que los incendios forestales asolan el monte, y todo el mundo sabe que haber participado, aunque sea de lejos, en según que operaciones, puede suponer la muerte política, con todo lo que eso apareja de pérdida de posibles presidencias de cajas, consejerías de empresas públicas, euroescaños, eurcomisiones y otras jubilaciones doradas.

Las soluciones que propone el gobierno para la crisis son, incluso para los dirigentes del partido, como las soluciones que ofrece la Iglesia para el exceso de población: teoría, doctrina y mucha fe. Sus remedios para la falta de trabajo son danzas de la lluvia combatiendo la sequía, y ante ese panorama, los que creen que podrían tener una oportunidad más adelante o en otra parte, se alejan de los iluminados antes de que les contagien la fama que vendrá.

¿Quienes se quedan? Pues como en todas partes: los que nunca se vieron en otra. Los que saben que ni en cien vidas se les repetiría el golpe de suerte de haber llegado al puesto al que han llegado, los que saben que cualquier cambio que les suceda tiene que ser para peor, y los que se han convencido, o sospechan, que pase lo que pase el caso es aguantar días semanas o meses, porque lo que no se ha hecho no puede hacerse, ni se va a hacer. Y el que venga detrás que arree.

Dicen los marineros que en un naufragio las primeras que huyen son las ratas. Pero reste es un barco curioso y ya no estamos al principio del naufragio: huyeron hace tiempo las ratas, huyen ahora los marineros y quedan sólo las cucarachas.

14 octubre 2009

-Lista de bancos en quiebra en EEUU

-Lista de bancos en quiebra en EEUU

Esto creo que se comenta solo. Con mirarla, basta para decir todo lo que hay que decir...

El mercadillo del miedo


Qué curioso: todo el mundo quiere vacunarse contra la gripe, menos los médicos y las enfermeras.

Quizás lo hayan leído u oído ya, pero en medio de este bombo y platillo constante que se da a una enfermedad que, reconocidamente, es menos mortal que la gripe común de todos los años, parece que el principal grupo de riesgo, que va a estar en contacto con los infectados, no se anima mayoritariamente a inmunizarse. En las diversas encuestas que se han realizado entre el personal sanitario de varios países, menos de la mitad de estos profesionales dijo estar dispuesto a que le clavasen la aguja. En España no se vacunan normalmente ni 30 % y este año no parece que vaya a aumentar mucho la cifra.

¿No les parece raro? Lo parece, sí, pero si se piensa un minuto seguido, no lo es. Ellos, mejor que nadie, saben cual es el impacto previsible de esta enfermedad, y ellos, mejor que nosotros, saben que una vacuna probada a toda prisa puede ser más peligrosa que una enfermedad que, en sí misma,

no resulta más amenazadora que lo que quieran hacerla parecer desde los medios de comunicación.

Y perdonen que me lo tome así, ¿pero cuánta gente muere cada año de la gripe común? Muchos miles, en todo el mundo. Según las cifras oficiales, sólo en España mueren cada año tres mil personas de la gripe común. En su mayoría, son gente que tenían otras enfermedades que se vieron agravadas por esta dolencia. Les suena, ¿verdad?

Y si cada año mueren tres mil personas de gripe, y nadie y habla de ellas, porque ni ustedes ni yo hemos visto nunca un telediario dedicado a una de esas víctimas anuales, ¿cómo es posible que ahora se haya montado el cirio que se está montando por una supuesta epidemia que lleva once, trece o quince muertos?, ¿tendremos que vacunarnos también contra el andamio, que mata a mucha más gente?, ¿o contra los atracones de Nochebuena?

Por supuesto, si nos toca a nosotros o nos toca cerca, nos jorobará igual que sea uno que sean ciento, pero no es serio hablar de una epidemia mundial cuando la incidencia y la mortandad de esta supuesta gripe catastrófica es menor que la de cualquier año.

¿Se acuerdan de la gripe aviar?, ¿se acuerdan del jaleo que se montó? Anunciaban millones de muertos, ¿lo recuerdan? Pues al final, cincuenta muertos en todo el mundo, que parece mucho, pero en realidad son los mismos que pueden morir al año de un ataque agudo de caspa, devorados por los loros, atropellados por un triciclo o cualquier otra rareza similar. Cincuenta de gripe aviar, frente a ochocientos mil de la normal. Pero la normal no sale en la tele.

No es de extrañar que los médicos y las enfermeras, que saben de qué va la cosa, prefieran que nos pinchemos usted y yo. Para ir probando.

Lo normal sería que las autoridades dijesen que el que se haya vacunado otros años por ser persona de riesgo, que se vacune también este año. Y el que no, que haga lo que quiera, como siempre. Pero el caso es armar revuelo para que no se hable de lo que no interesa a algunos.

Cuando unos quieren vender la vacuna y otros comprar el silencio, el mercadillo está montado. ¿Hace falta decir más?

10 octubre 2009

Pasarse a la resistencia


Dice la ministra de economía que va a revisar todos los impuestos, y nos decimos nosotros, creo que todos, que no será para bajarlos, sino para ver cómo puede echar mano al ya escaso contenido de nuestras pobres carteras.

La idea que este gobierno tiene de lo que es la distribución es la misma que podrían tener en un hospital donde le extrajesen sangre a los sanos para ponérsela a los moribundos, sin detenerse a pensar otro tratamiento ni ver si los moribundos mejoran o simplemente están arrastrando con ellos a la tumba al resto. La solidaridad con el enfermo lo es todo. Si cura o no cura, carece de importancia.

Por lo visto, la cosa es correr hacia adelante con entusiasmo, como el caballo que arrastra un pesado carro cuesta abajo, y cree que mueve el carro, cuando es el carro el que lo mueve a él, porque al caballo le faltan fuerzas para detenerse en esa pendiente.

Y este caballo, o este rucio, no puede. Las circunstancias, la mala previsión, la organización nefasta, el querer quedar bien con todos y repartir lo que no se tiene, el comprometer lo que nunca se llegará a recaudar y el convencimiento de que cuantos más pobres seamos más fáciles seremos de manejar y de amenazar, han hecho el resto.

Amigos, ha llegado la hora de reconocer que las leyes no las hacemos nosotros ni las hacen para nuestros intereses. Ha llegado la hora de pensar que vivimos en un país ocupado por vete a saber qué potencia enemiga y que lo más honrado y valeroso es pasarse a la resistencia.

Cada cual en su puesto, y cada cual en su lugar y su hora, tenemos que movilizarnos de algún modo, pero es imperativo que el enemigo no recaude fondos con que seguir pagando sus ejércitos mercenarios. Cada cual como mejor sepa, hay que esconder la cartera, sacar el dinero del banco para meterlo bajo una teja y llegar si hace falta hasta la R en el abecedario de las contabilidades paralelas. Hay que hacer lo que sea para que no vean un duro. Lo contrario acabaría con nosotros.

Es triste, pero cuando en un país se convence a los ciudadanos de que ser honrado y cumplidor de las leyes es la mejor manera de irse a tomar por el saco, de que la Sanidad la tengan otros, la justicia sea siempre para otros y acabemos pagando siempre los mismos, no queda más remedio que echarse al monte, aunque sea mentalmente, y buscar la manera de escapar del esquileo.

Porque hay una cosa cierta: el día que no haya ya con qué pagar tanto subsidio, tanta peonada, tanta leche en vinagre como está saliendo de nuestros bolsillos, entonces tendrán que marcharse o cerrar un poco la mano.

Las subidas de impuestos conducen a esto: que el que no tiene no puede pagar, y el que tiene y estaba pagando, decide no pagar nada, marcharse a otro lado con su empresa o con sus ahorros, o dar pérdidas veinte años seguidos a base de no ingresar un duro en el banco y meter la recaudación diaria debajo del colchón.

Ignorar algo tan fundamental es no conocer al ser humano.

La solidaridad está muy bien, pero cuando es obligatoria ya no se llama solidaridad. Tiene otro nombre: se llama expolio.

06 octubre 2009

Elástico o flexible



Se veía venir. Cuando se pusieron a echar las cuentas, pasó lo que pasó: que los ingresos tributarios habían disminuido y que no se recaudaba ya, ni mucho menos, lo mismo que en ejercicios anteriores. Se debilita la recaudación del IRPF porque la gente no tiene renta, y se da ya pro contenta por tener aún físico. Decrece la recaudación del IVA, porque no hay valor añadido que valga, ni leches en vinagre. Mengua lo ingresado por el Impuesto de Sociedades porque no hay sociedades, ni asociaciones, ni socios que se quieran involucrar en semejante odisea.

De tan evidente como es, parece una perogrullada ponerse a repetir estas razones, pero a lo mejor es hora de hacer entender a nuestros políticos que el dinero no crece en los árboles, que sale del bolsillo de los ciudadanos y que si los ciudadanos no tienen un duro, ni esperanza de prosperar trabajando, la sociedad entera se va libre y democráticamente a tomar por el saco, por mucho que se empeñen en repetir que se desarrollarán políticas de incentivo, se articulará un marco de estímulo y otras frases tontisonantes.

No hay un duro, y la administración, las muchas administraciones que saltan y se arrastran por nuestro pellejo como pulgas y piojos hambrientos, no quieren admitir que serán ellas las primeras que tendrían que apretarse el cinturón si queremos salir algún día de este bache.

Pero en ese lado de la barrera no se dan por aludidos. Para las administraciones el presupuesto es elástico, en vez de flexible, y mientras no entiendan la diferencia entre estos dos conceptos, estaremos abocados a la ruina. Elástico es lo que se puede estirar, como una goma, para hacerlo llegar a dónde inicialmente no llegaba. Elástico es endeudarse y dejar a las generaciones futuras, o a los alcaldes futuros, o a los gobernantes futuros, las obligaciones que se contrajeron en el momento actual. Elástico es el pan para hoy y elástica será el hambre de mañana.

Flexible, en cambio, es el presupuesto que se puede encoger cuando hay menos dinero y que se puede ensanchar cuando la situación es un poco más favorable. Flexible es la administración que no tiene comprometido el primero de enero hasta el último céntimo en gastos de personal, derechos adquiridos, gigantes y cabezudos y costumbres ancestrales.

La administración es un monstruo creado pro sí mismo que se alimenta de la carne de la sociedad. Mientras pudimos darle de comer sin tener que recurrir a cortarnos un trozo de pierna, de brazo o de paletilla, bien estuvo. Lo malo será ahora, cuando el número de funcionarios se mantiene, cuando se mantienen los gastos y las prebendas firmadas en años anteriores, y cuando se ha acostumbrado a una casta de privilegiados a un nivel de ingresos y de poder a los que difícilmente conseguiremos que renuncien.

Ahora es cuando vamos a ver si nuestra carne es elástica o flexible. Nosotros sí aprenderemos la diferencia

30 septiembre 2009

Las antenas, ¿son malas o no?


Decía Ortega que al hombre masa, además de por carecer de fines y de proyectos vitales, se le distingue por renegar de la civilización, pero no de sus frutos, y que maldice el progreso sabiendo que no faltará.
La afirmación es casi brutal, de puro descarnada, pero lo cierto es que viendo lo que pasa a nuestro alrededor en los últimos tiempos hay que pensar que el señor Ortega, además de filósofo, tenía un punto de profeta, porque si lo que decía era verdad en sus tiempos, parece que con el paso de los años, y van ya ochenta, es más verdad todavía.
Prohíben las antenas de telefonía en el casco antiguo, y a uno le queda la duda de por qué, o por qué no las prohíben en todas partes. Parece ser que nuestros ediles se acogen al expediente de, en vez de considerarlas dañinas, llamarlas sólo feas, porque se concede la excepción, o la duda, a las que no se vean mucho; pero luego, acto seguido, las vetan también cerca de edificios sensibles como colegios, guarderías y hospitales.
Pero vamos a ver: ¿son peligrosas o no, las puñeteras antenas? Si son peligrosas, ¿quién lo dice, cómo lo argumenta y cómo lo demuestra? Si son peligrosas, ¿por qué se permiten en unos sitios sí y en otros no?, ¿por qué tiene que tragarse una antena un vecino de un barrio cualquiera si están proscritas en el casco histórico?
Y si no son peligrosas, ono se ha podido demostrar, ¿a que rediosle estamos jugando? No sé a ustedes, pero a mí me parece el juego del “porsiacaso”, un juego con el que se entretiene el diablo cuando no tiene que hacer ni moscas que espantar con el rabo.
Si las antenas son perjudiciales de algún modo para la salud, que yo no lo sé (y ellos tampoco, vive Dios...), hágase lo que convenga para eliminarlas de todas partes (y luego que no se queje nadie de que el móvil no tenga cobertura o se corte); y si no lo son, o aún no se sabe, óbrese con la oportuna prudencia, no vaya a ser que en poco tiempo nos quedemos medio a oscuras en cobertura telefónica, lo que acabaría de rematar cualquier posibilidad de que empresas punteras, o simplemente medianas, vinieran a instalarse a Zamora.
En unos tiempos en que las comunicaciones son la espina dorsal del desarrollo, este tipo de factores son muy tenidos en cuenta por la gente que quiere trabajar y producir, pero parece que esa gente no interesa para nada a las autoridades, convencidas desde hace tiempo de que el votante medio tiene setenta años, o más, y de que sus miedos y manías son las que de veras marcan la diferencia a la hora de recontar el contenido de las urnas.
Será verdad, no lo niego, pero si en una ciudad como la nuestra, podrida ya de atraso de por sí, nos ponemos a recortar las antenas, pronto nos pondremos también con los transformadores, luego con los tubos de escape y finalmente con los sulfuros de las calefacciones. Y entonces sí, seremos una ciudad sanísima con un castillo cojonudo. Un castillo en pleno funcionamiento y en su salsa, porque estaremos otra vez en plena Edad Media.
Que a lo mejor es lo nuestro. Vete a saber.

28 septiembre 2009

El fondo estatal



Que me perdonen los que han encontrado trabajo a costa del Fondo Estatal de obras y saraos diversos, pero a mí, eso de contratar gente para hacer lo que sea, me suena a política soviética, con todas sus consecuencias de ruina posterior y desquicie.
Todo lo que sea dar empleo a la gente, y un modo de vivir dignamente, me parece estupendo, como le parece a cualquiera, pero si es el Estado el que tiene que promover obras, y además por el procedimiento de poner delante el dinero y luego preguntar qué es lo que se quiere hacer, me suena a aquello de pagar un salario a una persona por encender las farolas de una calle.
Cuando se genera empleo pero no riqueza, cuando se genera trabajo y no economía productiva, lo único que se obtiene es un plazo de dilación y una cartera vacía, porque estas obras están costando una verdadera millonada sin que se pueda saber en qué van a repercutir a la mejora de nuestra competitividad en el largo plazo.
El problema de España, y de otras muchas economías occidentales, es que no somos competitivos. Otros, en cualquier lado, producen lo mismo que nosotros a un mejor precio, y eso es lo que nos está crucificando, aunque la enfermedad aflore en forma de sarpullido monetario o ronchones bancarios.
Cualquier médico sabe que no se puede confundir el síntoma con la enfermedad, y que la fiebre, con ser peligrosa en sí misma, es sólo un indicador de que algo no está funcionando como debe en el organismo.
Si nosotros, en vez de poner remedio a nuestra enfermedad, nos gastamos lo que nos queda en curar la fiebre, y sólo por unos días, porque sabemos todos que el Fondo Estatal es una cura temporal, nos veremos abocados a la hospitalización, con todos los traumas y problemas que pueda acarrear.
Y además, porque hay más, este tipo de planes crea un efecto negativo, que es la esperanza de que pase lo que pase vendrá otro a arreglar. El ferretero quiere también un fondo estatal que le venda los tornillos y los alicates que no ha vendido, el dentista quiere un fondo estatal que le pague los empastes que no ha hecho, el labrador quiere un fondo que le pague las patatas que no ha colocado al almacén y yo quiero que el Estado me llene las casas rurales que tengo vacías en el quinto carajo.
Al final, como el dinero no crece en los árboles, nos encontramos con la verdadera cara de esta moneda: que pagamos todos y unos pocos deciden a quién se beneficia, a quién se saca del hoyo y a quién se le deja cocerse en su propia salsa hasta que reviente.
Hoy en día, el verdadero poder ya no está en crear leyes, sino en repartir dineros y puestos de trabajo. Por eso, por ejemplo, los rectores de las universidades ya no salen ni en la prensa, porque desde que van cortos de presupuesto no pueden sacar ni una plaza de conserje.
Por eso se crean estos planes: no para mejorar la economía, que todos saben que no mejorará, sino para comprar gritos en las calles, silencios en las corporaciones y miedo a quedar fuera en la próxima hornada.
Por vocación, el Fondo Estatal quiere ser como la Inquisición, pero sin sotana. Lo otro es folclore.